Cultura

Ritos agrícolas: La cultura nahua de Guerrero

La fiesta patronal de san Miguel Arcángel en la zona nahua de Guerrero es parte de los ritos agrícolas, ya que se agradece por el buen clima y se celebra la abundancia.

| Por: Gaby Méndez.
| Fotografía de portada: Salvador Cisneros.

En la zona nahua de Guerrero se celebra la gran fiesta de san Miguel cada 29 de septiembre. Los pueblos originarios consideran que san Miguel es el santo encargado de cuidar de los “malos aires” a la nueva milpa y, en general, toda la cosecha. En el suroeste de México se encuentra la región de La Montaña, comunidad nahua que celebra a este santo, pues es una región dedicada a la agricultura. La siembra de la milpa (maíz, calabaza, elote y frijol) conlleva un ciclo que es llevado entre las manos del hombre y la naturaleza, ya que de acuerdo con el clima es el trabajo que realizan los agricultores. La siembra comienza en abril y mayo, posteriormente la temporada de lluvia empieza a finales de junio y así se logra cosechar en octubre y noviembre. Entre estas últimas dos etapas está la celebración de san Miguel que indica el fin del ciclo agrícola anual y, tras la festividad, los habitantes pronostican si habrá maíz o no y si la cosecha será abundante.

Gregorio Serafino hace un recorrido por estas tradiciones que, al final, convergen en el objetivo de la protección de las nuevas plantas a través de ofrendas a los santos. Su investigación gira en torno a los pueblos de San Pedro Petlacala y San Miguel Chiepetepec ubicados dentro de la región de La Montaña, porque sus habitantes siguen las líneas de los antiguos usos y costumbres.

Las celebraciones católicas en estos pueblos son de suma importancia debido a que coinciden con los días previos a la cosecha, y el proceso puede ser afectado por las condiciones climáticas. Mucha lluvia puede pudrir por la humedad, poca lluvia no permite que se formen las mazorcas o la llegada de fuertes vientos puede tumbar las milpas. Las celebraciones de san Miguel agradecen a la lluvia y son un rito de fertilidad y aseguramiento de la cosecha de maíz en los días 9, 21 y 29 de septiembre.  El pueblo se reúne para agradecer y rezar por el futuro de la comunidad en estos días clave del ciclo agrícola ante la figura de san Miguel; ya que, este santo desde la imposición de los santos católicos, ha sido reafirmado como el que lucha frente al hambre. Dora Sierra Carrillo ha indagado en su obra sobre las analogías entre san Miguel y Tláloc, y pareciese que la cosmovisión campesina es que el dios de la lluvia prehispánico transmitió sus poderes e inclusive heredó su lugar al arcángel. La imagen de san Miguel Arcángel es de un guerrero con un rayo en su espalda que sirve para combatir a los elementos cristianos que se han asociado con Lucifer: el granizo, malos aires, tormentas, etc.

El 9 de septiembre se inicia con la “fiesta de las primicias”. Se coloca una ofrenda de comida y objetos sobre algún lugar sagrado en presencia de una figura representativa del santo sobre un asiento con ramas de ahuehuete. Entre la comunidad se comparten tamales, café de olla, pan dulce y pozole. Al oscurecer la gente se reúne en el domicilio del tlahmáquetl, quien es la autoridad religiosa del pueblo y es el encargado de colocar las ofrendas mientras quema copal y sitúa dos grandes milpas a los costados con montones de flores de cempasúchil amarillas y naranjas, al frente del altar aposta una cruz hecha con mazorcas verdes que se adornan con flores y después pasa a dirigir los rezos de las plegarias. Posteriormente empieza el “baile del jilote”. Durante 20 minutos el tlahmáquetl, mujeres jóvenes y ancianas danzan, al sonar de la banda del lugar, alrededor del altar cargando canastas con jilotes (fruto no maduro del maíz) hervidos o tiernos, milpas y una gran calabaza. Finalizan colocando las canastas en los bordes.

El 21 de septiembre se repite el proceso visto el día nueve y agregado la presencia de “María-Mónica”, un hombre disfrazado de mujer. María-Mónica viste una falda muy larga y un huipil de la tradición indígena nahua, baila junto con todas las mujeres el “baile del jilote”. Este personaje representa la expansión de la fertilidad femenina y a “el que barre el hambre”.  Después de la danza, María-Mónica participa en una plática en náhuatl con los hombres de la comunidad y después se lleva a cabo la danza del toro o “macho-mula”. En esta un hombre con un torito de madera corretea y simula golpear a María-Mónica, mientras hay música y cohetes.

Fotografía: Salvador Cisneros.

En la mañana del 28 de septiembre se realiza una procesión que sale al frente con una estatua de san Miguel con collares de flores. La estatua es cargada por el tlahmáquetl, el comisario y otras autoridades. Cada mujer lleva milpas de sus cultivos para presentarlas de ofrenda, estas van adornadas de flores de pericón, collares de cempasúchil y roscas de pan de dulce sobre las mazorcas; todo ello para representar los frutos y la necesidad de nutrirse y crecer. En el camino se va cantando junto con la banda, la historia de san Miguel y su lucha para defender la milpa y la comunidad de todo el mal. La numerosa procesión sale de la iglesia principal del pueblo hacia el Cerro de la Cruz o Tlatlatzohuaya. Ahí se encuentra una capilla con un patio, al que sólo mujeres y el tlahmáquetl pueden acceder, donde se inicia el rezo de las plegarias. Después inicia el “baile de la milpa” donde las mujeres cargan las milpas y las mueven hacia el cielo mientras danzan alrededor de la capilla. El peculiar sonido de las hojas del maíz al moverse se entrelaza con el sonido de la banda y el olor del copal con el de las flores y ramas de ahuehuete se funden para desbordar los sentidos; es por ello que gente de otras comunidades acuden a observar esta danza. Gregorio Serafino agrega que el baile alude a una personificación del maíz con la mujer, las mujeres cargan a las milpas como si fuesen recién nacidos significando la fertilidad y el cuidado.

Estas celebraciones atestiguan la unión de la religiosidad con la naturaleza, son un ejemplo de la hibridación cultural de conceptos prehispánicos y el catolicismo español. Las fiestas patronales forman parte de la historia de los pueblos y abre la convivencia en el lugar y con otras comunidades cercanas. La cosmovisión indígena puede que haya perdido peso con el pasar de los años, pero sigue siendo fundamental para los pueblos nahuas ya que ahí está el significado de las acciones, del pensar y del actuar. Los ritos del ciclo agrícola son formas de agradecer la abundancia y celebrar el futuro, hay que reconocerlos como parte de nuestro sincretismo cultural.

Fotografía: Allef Vinicius.
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