Naturaleza

Retrospectiva de la Ciudad de México: La urbe al natural

Una ciudad construida sobre otra que ha pasado por distintas reestructuraciones urbanas, pero siempre coexistiendo con la naturaleza.

| Por: Gaby Méndez.
| Fotografía de portada: Getty Images.

La Ciudad de México es considerada como una de las ciudades más influyentes del mundo, ocupando el tercer lugar en Latinoamérica de acuerdo con la consultora Global A.T. Kearney. Esta urbe se conforma de dos unidades territoriales que se diferencian para su preservación y distribución de objetivos y limitantes: el Suelo Urbano y el Suelo de Conservación. El Suelo de Conservación es de índole rural y hasta el 2013 se ocupaba del 59% del territorio de la ciudad, es decir un aproximado de 87,291 hectáreas.

El Suelo de Conservación es un elemento que convierte a la ciudad en un ente híbrido y de dimensiones que se extrapolan, este suelo posibilita la recarga del acuífero de la Ciudad de México, nos ofrece una espléndida biodiversidad, permite la producción agropecuaria y conforma la expansión de horizontes culturales y de recreación. El gobierno reconoce como las alcaldías rurales o de estructura agraria a Álvaro Obregón, Cuajimalpa, Magdalena Contreras, Milpa Alta, Tláhuac, Tlalpan y Xochimilco.

Imagen: La ofrenda. Saturnino Herrán. 1913.

Al mirar a la Ciudad de México actual, encontramos que la valoración del suelo de conservación se ha modificado con los años. Con el incesante y urgente llamado global a la conservación de la naturaleza y la protección del planeta resulta interesante ver en retrospectiva cómo dentro de la urbe se ha modificado la interacción naturaleza y ciudad. Hoy existe el suelo de conservación, mas en el pasado no se pensaba en la distinción del territorio de la capital en dos unidades delimitadas. Aquellos testigos de la Ciudad de México en distintos periodos de tiempo dejan sus voces para que se pueda observar que la naturaleza y la ciudad convivían, cuidándose una de otra, una con otra y dando como resultado esta ciudad. A veces caótica, pero maravillosa.

La urbanista Margarita García Cornejo, establece seis períodos que muestran la interacción señalada. En el Siglo XVI las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, las Cartas de Hernán Cortés y la información ofrecida por frailes resalta que México-Tenochtitlán contaba con una superficie de 600 km2 . Sobre ella la población cohabitaba entre las orillas de los lagos donde cuatro calzadas cruzaban y eran las principales, pues llevaban hacia cada punto cardinal. Bernal Díaz del Castillo relata que la ciudad estaba dentro en el agua, y otros pueblos se alzaban en la tierra que rodeaba el lago. Eran 70 leguas de territorio y 50 de ellas eran lagunas llenas de canoas, por ello la pesca y la recolección era su medio de vida. Pero el territorio era muy reducido, por lo que implantaron las chinampas.

Imagen: Plano de Cortés, grabado en Nuremberg. 1524.

Las chinampas dieron un giro a la organización urbana, el territorio creció a base de los islotes que se crearon. Las grandes balsas con lodo y plantas acuáticas fueron anclando sus raíces al fondo del gran lago. Su uso permitió que se cultivará más variedad y cantidad, de igual forma más viviendas fueron construidas dando como resultado un 60% de la ocupación territorial. La población alcanzó los 60 mil habitantes, generando una densidad de 4 mil personas por km2. Las cartas de Hernán Cortés describen espacios verdes amplios y las casas de los señores contaban con patios interiores enormes. Bernal Díaz del Castillo agrega que los palacios, donde se quedaban, se alzaban con madera de cedros y los grandes patios y cuartos se entoldaban con algodón. Había huertas y jardines, que no le hartaban de ver, pues la diversidad de árboles, flores y frutos inundaba sus sentidos.

Tras la conquista quedaron las ruinas; sobre ellas se construyó la ciudad para que los españoles pudiesen habitarla, y la forma de vida indígena se fue desplazando a las orillas. A los lados de la calzada Tacuba se optó por la construcción de áreas de jardines y huertas en caso de que hubiese algún tipo de sublevación y se requiriese de provisiones. Para 1628 la desecación del lago al poniente del corazón de la ciudad se hacía notoria y la desmedida deforestación se suscita a la par de la necesidad de grandes techos de madera que la época llamaba.

La fuerza de la naturaleza se hizo sentir, y reclamaba su lugar en la ciudad que alguna vez fue un lago. En 1629 se da la inundación más pavorosa de la historia, duró cinco años y dejó el saldo de 30 mil indios y más de 19 mil familias españolas y criollas muertas. Toda construcción quedó inútil y sobre la ciudad se construye una nueva. 1695 es testigo de cambios más drásticos, se construyen acequias en los camellones para sembrar flores y plantar arboledas y las calles comienzan a empedrarse.

Imagen: Atlas de la Ciudad de México. Pedro de Arrieta. 1727.

En el Siglo XVIII Vicente López relata que la ciudad tenía un clima suave y la fertilidad del suelo permitía satisfacer a los habitantes; el viento se llevaba sutilmente las humaredas nocivas y la brisa era perfumadora dando pie a que aquel que vivió en esta ciudad no echase de menos a la patria en que vio la luz. Los indígenas rebasaban los bordes de su territorio y los españoles hacían igual, las viviendas no tenían techos de madera ahora eran de terrado, es decir de una combinación de madera, fibras y tierra compactada. Lo común eran las amplias azoteas, y los grandes jardines dentro de las casas fueron quedando a un lado; el alumbrado público se instaló y se estableció el sistema de desagüe para evitar las inundaciones. Banquetas y puestos de mercados fueron instaurados y la explotación de los manantiales de Santa Fe comenzó, el abastecimiento de agua potable se había resuelto.

Alejandro de Humboldt describió la ciudad en el inicio del Siglo XIX como un lugar grandioso debido a la naturaleza de sus alrededores, en el sur de la ciudad habían inmensos jardines de naranjo, durazno, manzano y guindos: “Ciertamente no puede darse espectáculo más rico y variado que el que presenta el valle, cuando en una hermosa mañana de verano, estando el cielo claro y con aquel azul turquí propio del aire seco y enrarecido de las altas montañas, se asoma uno por cualquiera de las torres de la Catedral de México o por lo alto de la Colina de Chapultepec”

Imagen: El Valle de México desde el cerro de Tenayo. Eugenio Landesio. 1877.

En 1900 la Ciudad se extendía en 27.5 km2  y contaba con 344 000 habitantes, arribando así el crecimiento industrial y en 1990 se alcanzan los 15 millones de habitantes y 1200 km2 de territorio; se habían extendido sobre los espacios de tierras de cultivo, sobre bosques e incluso lagos, la llamada obsesión de ser modernos alcanzó a la Ciudad de México. Juan Carlos Cano cuestionaba a los gobernantes sobre la falta de juicio en buscar siempre entubar canales, ríos o arroyos. Pareciese que la naturaleza había sido degradada, no está en primer plano como en un principio, no es indispensable como en el comienzo ni alabada como al inicio; tal vez el temor a su tremenda fuerza o debilidad es lo que permanece.

Alberto Kalach hace hincapié en que los colonizadores no buscaron la relación armoniosa con la naturaleza, los pueblos prehispánicos daban un significado importante a la madre tierra, pero la sobreposición de ciudad sobre ciudad también terminó por ser una sobreposición de ideales. La visión de la Ciudad de México sigue escribiéndose y reconfigurándose. En el 2010 el 90% del agua que provenía de ríos y montañas de contaminó y se expulsó por el drenaje sin utilizarse, lo cual genera inundaciones y obliga a la extracción de los acuíferos resultando en contaminación y hundimiento del subsuelo.

El 20 de julio se realizó el Convivio del Programa de Cosecha de Lluvia en el Centro Deportivo de Xochimilco, con proyecciones de cortos ambientales, talleres y resolución de dudas; y ahora que conoces esta retrospectiva de nuestra ciudad, da el siguiente paso para el diálogo y, aún más importante, hacia el accionar concreto para preservar la grata convivencia de la urbe y la naturaleza (Suelo Urbano y Suelo de Conservación).

Imagen: La alameda de México. José María Velasco. 1866.
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