Literatura

México, Ciudad que es un país

El nuevo libro del escritor mexicano aborda nuestra urbe con la mirada de un enamorado.

| Por: Jhossiani F. Luna (@jhossianiluna)
| Fotografías: Karla Ceceña (@karlaccna)

La ciudad cambia pero la serpiente que la anima se muerde la cola…

Vicente Quirarte.

Vicente Quirarte es uno de los escritores vivos más prolíficos de las letras mexicanas. Ensayista, narrador, historiador y poeta por destino, y acaso por fatalidad, ha construido la mayoría de su obra literaria sobre las bases que la ciudad le sigue otorgando.

México Ciudad que es un País”, el más reciente libro de Vicente Quirarte (Editorial Pre-Textos 2019), es en sí mismo un pentagrama que contiene todos los símbolos de una urbe que se ha construido en el tiempo y, sobre todo, es el relato de la relación que el propio autor teje con su contexto cotidiano. ¿El motivo de la obra? Su amor por la Ciudad de México. Estimulado por la forma de “Fragmentos de un discurso amoroso” de Roland Barthes, el autor de este libro se sitúa como eje de su propio discurso: el de un habitante y un tejedor de sueños. Él mismo se autonombra enamorado. Su amor por la Ciudad de México no se reduce a un simple sujeto sintomático, sino al interés de un habitante y creador por reflejarse en lo que el escritor Georges Perec definió como infraordinario, es decir: la exploración de lo espectacular; ya que su literatura está hecha de curiosidad y observación, y su disfrute lo encuentra  en lo cotidiano para transformarlo en hecho fantástico, fijándose en lo dual y caótico de nuestra urbe, para así establecer una relación amorosa y horrorosa que es ya, acaso, instintiva. Quirarte se identifica con aquello que le representa y le habla, e, inevitablemente, en lo que le recuerda su lugar de origen que es también su fuente de vida.

Empezaré por hablar de los hitos y nodos, elementos que conforman el paisaje anecdótico de la memoria del escritor, para construir la urdimbre que conforma “México Ciudad que es un País”. Ambos son característicos del diseño urbano. Mientras los primeros hacen referencia a los puntos de la ciudad que son representativos y fácilmente reconocibles para la memoria de los usuarios, como la Catedral o el Palacio Nacional, los nodos son los puntos en donde confluyen encuentros, por ejemplo, la Glorieta de Insurgentes o el Monumento a la Revolución. Puesto que comprender una ciudad de grandes dimensiones es complejo, el libro simplifica la información en tres variables que no alteran el producto: arquitectura, literatura y paisaje.

Me parece pertinente desarrollar estas variables para exponer el panorama total del libro y también para dejarlo abierto a la lectura. La arquitectura son las formas materiales que nos permiten entender y, sobre todo, imaginar los lugares míticos que se nos van describiendo. Sin embargo, el autor también reconoce que: “la ciudad está construida por sus edificios que le conceden una identidad intransferible, al menos durante un tiempo, en la memoria. Pero las construcciones necesitan de quienes las ocupan y justifican”.  

La ciudad no puede ser sin sus habitantes, ya que ellos son quienes transforman, utilizan y representan sus edificios, las plazas o la casa para conformar una extensión inherente del hombre. En cada construcción que se evoca en esta obra se encontrará la función esencial de la arquitectura y su “poética en el espacio”, en donde lo más importante no es la manifestación del objeto construido, sino lo que provoca, su belleza y su luz.

Asimismo durante todo el libro se hace alusión a personajes importantes que representaron un tiempo y espacio definido, cuya elocuencia ofreció una imagen fidedigna de la sociedad y sus dinámicas, siendo testigos de los cambios de la ciudad y su paisaje. A lo que el literato declara por medio de Alfonso Reyes: “¿Es ésta la región más transparente del aire? ¿Qué habéis hecho, entonces, de mi alto valle metafísico? ¿Por qué se empeña, por qué se amarillece?”

En el paisaje se retroalimenta lo vital. Es pintura y fotografía que nos confiere imágenes exactas de un tiempo, que, aunque pasado, se arraiga enseguida en nosotros mediante la imaginación. Los personajes y lugares descritos en “México Ciudad que es un País” son emblemas de nuestra cultura y, al mismo tiempo, fantasmas y amigos de la memoria de nuestro narrador. Manuel Altamirano, Francisco Zarco, Ángel de Campo o Carlos Monsiváis hacen de su poética en forma de crónica un “trabajar por la ciudad y un vivir por la ciudad”. En otro capítulo, Quirarte le dedica a la mujer palabras dignas de su individualidad. Tina Modotti, Clementina Otero, Frida Kahlo, Elena Poniatowska o la Santa de Federico Gamboa son algunas de las mujeres que en sus páginas despliegan sus alas: voces que irredentas buscaron cimbrar el paisaje citadino con su belleza, inteligencia y creatividad para hacer de la megalópolis en crecimiento fuente de su dominio.

La literatura, como último elemento articulador de la triada que amalgama este libro, es en sí misma el territorio donde se vierte la ciudad en otro lenguaje. La literatura es un fenómeno que nace del alma y se fusiona con la ciudad, y viceversa. Su potencia radica en que Quirarte nunca renuncia a su estilo lúcido y metafórico, por tanto, nunca pierde la capacidad de transportar a planos elevados el entendimiento de la realidad. Los textos como las ciudades siempre son muestras de una realidad apabullante y, al mismo tiempo, esperanzas del verso inacabado.

De una riqueza inagotable, el lector tendrá en sus manos un tomo que además de ser de una delicada belleza, recupera en trece capítulos información histórica de suma relevancia de al menos cuatro épocas. Lo que diferencia esta última obra sobre la ciudad a otras de Vicente Quirarte es que nos brinda su propio testimonio a partir de diversos tonos narrativos, lo que hace que las múltiples voces y ciudades descritas vayan dialogando y reinventándose entre sí en distintos tiempos y espacios dentro de un mismo territorio. Es ahí donde permanece la magia: en la posibilidad de no perder la emoción del lugar que nos verá amar y morir.

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