Cultura

Matlalcueye: matices de azul y rojo

La Matlalcueye es la montaña aislada más hermosa del país y para los prehispánicos ella era la máxima proveedora de agua, por lo que varias fiestas rituales giraban a su alrededor

| Por: Gaby Méndez.
| Imagen de portada: Juan Ramírez.

En Tlaxcala se levanta el volcán del alma tlaxcalteca, Matlalcueye. El estado de Tlaxcala ha preservado sus fronteras a través del tiempo, sin importar que tan pequeña sea su extensión, se resiste y persiste, manteniendo no sólo un pedazo de tierra, sino un gobierno autónomo y su propia variación cultural dentro de México. Matlalcueye es considerada como la montaña aislada más hermosa del país por los matices de azul y verde que le pintan desde la distancia. La investigación de El investigador Ismael Arturo Montero García explora los diferentes ejes que atraviesan la Matlalcueye que siempre ha sido venerada como la diosa de la falda azul, y que comúnmente se le llama La Malinche.

Es un cono volcánico alcanza lo 4430 metros sobre el nivel del mar y forma parte del área natural protegida del Parque Nacional Malinche. En los últimos 50,000 años se registraron 14 erupciones explosivas, la última fue hace 3,100 años aproximadamente. El volcán siempre fue adorado y se le presentaban respeto ofreciendo ofrendas que ascendían hasta la cúspide, varios rituales se generaban a su alrededor. Inclusive hoy se mantiene el culto con su respectivo tinte católico.

Imagen: Fragmento del Plano geográfico de Huamantla,1786, por don Joaquín de Oronzóro y Herrera

El nombre Matlalcueye viene del náhuatl: matlactli, que significa azul o verde oscuro; y cueitl, que significa faldas. Los antiguos pobladores le consideraban un lugar sacro, pues se pensaba que ahí habitaban los dioses, lo cual es una constante en diferentes culturas alrededor del mundo, donde las montañas o cuevas profundas son consideradas puntos religiosos o como casa de deidades. En un principio los tlaxcaltecas veían en el volcán a la diosa Chalchihuitlycue o Matlalcueye, debido a que después de las lluvias la montaña llevaba el agua por los alrededores. De acuerdo con los Memoriales de Motolinía, cuando faltaba agua se hacían numerosos sacrificios montaña arriba. Tláloc y Matlalcueye eran conocidos como los “señores del agua”, en Texcoco Tláloc era considerado el principal; pero en Tlaxcala y sus alrededores, Matlalcueye dominaba. De hecho, se reconoce que Matlalcueye es una advocación regional de la diosa madre Chalchiuhtlicue.

Al observar el volcán desde el poniente se puede ver el perfil de una mujer, otorgándole una vez más un carácter simbólico de deidad natural. El culto a Matlalcueye consistía en hacer una figurilla de semilla de bledos y maíz, esta se conoce como tepictoton o tepeme, dependiendo de la fuente que se consulte, y representa a los dioses de la montaña. León-Portilla describe que era en el 13º mes cuando se hacían las figurillas y era una forma de presentar respeto. También solía ponerse la ofrenda frente a estos, se cocinaba y bebía en su honra.  Tras un canto abrían las figurillas y repartían el cuerpo entre todos y lo comían; los adornos que llevaban los tepictoton eran quemados en los patios de las casas. Después tomaban las cenizas y a su alrededor se regocijaban para culminar la fiesta.

Imagen: Perfil humano de Matlalcueye.

Otros rituales envolvían al Matlalcueye, el más importante es descrito por Clavijero. Durante el teoxihuitl todos se reunían para exhortar la participación en el ayuno que iniciaría dentro de 5 días, pasado este periodo si decidías abandonar o no lograbas terminar el ayuno, los dioses (por consiguiente el pueblo) te considerarían indigno y por lo tanto ya no tendrías la oportunidad de participar en el sacerdocio y serías despojado de tus propiedades.

Tras una profunda deliberación, los tlaxcaltecas caminaban hasta las faldas de Matlalcueye, siempre lo hacían más de 200 penitentes. Ahí rezaban y seguían su camino hasta una cumbre previa al punto más alto. En el sitio más alto se alzaba el templo a la diosa, al que solamente entraba uno de los gobernantes o nobles más importantes y ofrecía piedras preciosas, plumas verdes y copal para comenzar a rogar. Después bajaban y se hacían fabricar navajas de iztli y varillas de distintos grosores, se dice que alcanzaban el grueso de una muñeca. Quienes hiciesen las varillas debían ayunar 5 días antes, se pensaba que si estas o las navajas se rompían en el proceso por venir o durante la fabricación, el artífice no había cumplido con el ayuno y el cosas malas sucederían.

Imagen: Chalchitlicue diosa de las aguas en museo de antropología.

Así comenzaba el ayuno de los tlamacazques (tlaxcaltecas), tras bajar del monte. Duraría 160 días, en el primero se hacían un agujero en el centro de la lengua con las varillas. El dolor era indescriptible, la sangre abundante, pero se esforzaban para no sucumbir ante el sufrimiento. Se esforzaban para rezar y cantar a la diosa. En este periodo tampoco podían bañarse, los sacerdotes tomaban las varillas ensangrentadas y las guardaban para que al final del ayuno las llevasen al templo de la diosa. Pasados veinte días volvían a pasarse las varillas por las lenguas perforadas, esta vez se usaban más gruesas que las anteriores. Y así, cada veinte días, hasta alcanzar los 160.

Los que pasaban por este duro proceso se conocían como penitentes, pero era obligatorio que todos participasen en el ritual. Los sacerdotes lo hacían siguiendo los primeros 80 días de ayuno; el resto del pueblo, no penitente, debía ayunar en los 80 días finales del ritual. Este era el inicio de su ciclo agrícola, y su voluntad refleja la creencia de que los fenómenos naturales en realidad no lo eran, sino estaban determinados por sus ideales y voluntad siendo puesta a prueba. Este culto a la montaña se remonta desde el Preclásico. En el periodo clásico esto se intensifica, basta con ver las grandes edificaciones con características similares a los cerros, como lo son las pirámides. Siempre consideradas un lugar religioso.

Imagen: Mapa de localidades alrededor del Matlalcueye, copia de 1897.

Matlalcueye (volcán) era un espacio religioso que exigía un esfuerzo físico para su ascenso, por lo tanto, los ritos debían equiparar el esfuerzo requerido de alcanzar la cima. Si iniciabas el ascenso y no lograbas concluirlo, tus privilegios desaparecían. Cabe destacar que la cima era el espacio más sagrado que pudiese existir, por lo que requerías de un diferenciador de estatus para pararte en esa tierra sacra. El segundo punto más alto era aquel a que la población común podía acceder.

También se daban las tranquilas ofrendas materiales a la montaña, aunque en realidad no eran tan tranquilas, porque para que se llevaran a cabo se requería teteuitl que es papel de sacrificio, o sea que el papel con el que se cubrían los cuerpos de niños y adultos que se sacrificaban en templos y montes en honor a Tláloc. El teteuitl se adornaba con dibujos relacionados al cielo, a la ofrenda se le ponía pan, ollas de pulque y otros alimentos. Acercándonos más al día de hoy, se genera otra línea ritual a la Matlalcueye que proviene del sincretismo cultural. El volcán adquiere el título de “Señor del monte”, es decir una deidad que provee riquezas naturales, como la leña, plantas medicinales y en sí todo lo necesario para cazar. Por ello los días 5 de mayo se da una misa al Señor del Monte.

Imagen: Teteuitl en Códice Magliabenchi

Actualmente como parte del Parque Nacional Malinche hay un centro vacacional en la ladera norte donde puede respirarse el aire de Matlalcueye, cada quien meditará si la existencia de centros vacacionales como estos que se abren paso entre la belleza natural aportan o remueven, pero lo que es un hecho es que el deterioro ambiental amenaza con la extinción de la magnificencia de Matlalcueye. En realidad, su maltrato se inicia desde la época prehispánica con los grandes conglomerados poblacionales como Cholula, que requerían un uso mayor de madera por lo que se generaba daño para la flora y fauna del lugar. Se estima que 2600 km2 de los 4000 km2 del territorio total de Tlaxcala era bosque con madera de alta calidad. La explotación de dicha madera creció mucho más en el periodo virreinal y ya para el Porfiriato los árboles se cortaron a diestra y siniestra principalmente para la construcción de la red férrea. En nombre de la modernidad.

Montero, A. (2012). Matlalcueye: El volcán del alma tlaxcalteca. Ipan tepeme ihuan oztome.


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