Cultura

Leyenda otomí: El árbol de los ojos

El otomí ha sobrevivido gracias a la enseñanza hablada, una de sus leyendas: El Cuauhixti, habla del mal de ojo y el remedio para combatirle.

| Por: Gaby Méndez.
| Fotografía de portada por: Jesús Guzmán Moya.

El nombre otomí proviene del náhuatl tototl ‘pájaro’ y mitl ‘flecha’, por lo que eran conocidos como ‘cazadores de pájaros’. En el 2006 se registró que el otomí se hablaba en 8 estados de la República: Querétaro, Hidalgo y CDMX son lo estados con mayor registro de hablantes, sin embargo, existen pocos documentos antiguos en el idioma. Con estos datos resulta fácil entender que la extensión de esta cultura se haya mantenido mediante la enseñanza hablada. Las leyendas forman parte esencial de su alcancé y esta vez hablaremos sobre la leyenda del árbol de los ojos, El Cuauhixti.

Se dice que por la Sierra Gorda, en donde el río Xichu calmaba su corriente, se asentó un pueblo antes de que el viejo continente se asomase a tierra fértil. Ese pueblo que disfrutaba del río era gobernado por el cacique Chuin, Pájaro Azul, que estaba casado con Adoeni, Flor. Todos los habitantes de Xichú se sentían bendecidos, pues vivían bajo la protección de los dioses.  Felicidad y abundancia era lo que más recibían.

Más un día llegó un sajoo (hechicero) que vio el reflejo de la belleza de Adoeni en sus ojos y una profecía alcanzó sus labios: “¡Cuán hermosa es la flor de valle, cuan feliz su poseedor! Pero vendrá el día en que el río tome su alma y piel. Con la vida pérdida sólo lágrimas y aflicción se verán en el lugar”.

Imagen: “El árbol de los ojos” por José Narro.

Andoeni preguntó, clavando sus ojos en el adivino: “Sajoo dígame ¿cuál será la causa de mi muerte próxima?”. A lo que el agorero respondió: “De tierras lejanas llegará un hermoso guerrero, con su mirada quedarás embrujada y así el amor puro de tu esposo quedará olvidado. Lo despreciarás. Olvidarás todo y abandonarás todo sólo por seguir esos ojos que traerán tu muerte.”

Cuando el cacique Chuin escuchó la profecía se enfureció e inmediatamente demandó que el viejo sajoo fuese arrojado del pueblo. Que lo llevasen a un bosque lleno de fieras para que le despedazaran. La orden se cumplió y al ser liberado en el sombrío lugar, el brujo se carcajeó. El estruendo perforó los oídos de los testigos y con gritos expulsados violentamente de la garganta del sajoo anunció: “El guerrero Chuin no tendrá la semilla de amor, porque el río la tomará”. Con carcajadas macabras el viejo caminó dentro del oscuro lugar. Desapareció.

Con el tiempo, las amenazantes palabras se perdieron en la memoria del pueblo, fue entonces que de las montañas, que también son bosque, llegó un guerrero tenochca. Detrás de él un séquito seguía sus huellas. El cacique Chuin le recibió con tremendo honor, un enviado del emperador Moctezuma Ilhuicamina merecía aquello. Así, el señor Xichú se presentó frente al desconocido, pero el cielo inexplicablemente se vio partido por una infinita cantidad de rayos. Estruendo tras estruendo, el miedo nació en el corazón del pueblo. Miraban al cielo llenos de terror, miraban los rayos, los truenos. Pero ni una gota caía en sus rostros, la lluvia no alcanzaba la tierra. No llovía.

Fotografía: Dinesh Valke.

El guerrero recién llegado, Coyoltótotl (Gorrión Panalero), solicitaba la hospitalidad del cacique para que él y sus guerreros pudieran descansar, después seguirían su rumbo hasta Tenochtitlán. Chuin les permitió hospedarse, pero el trato que les ofreció siempre fue cauteloso, por lo que Andoeni se sintió obligada a agasajar al noble guerrero.

Coyoltótotl era hermoso y trataba a los demás con delicadeza, sus ojos eran de color miel. Eran muy bellos, pero asomaban algo maléfico. Al mirar intensamente te sentías subyugado, podrías obedecer ciegamente al portador de esa mirada. Chuin notó que su esposa palidecía y se veía confusa al estar ante el vistazo del guerrero mexica.

Después de unos días, Andoeni decidió bañarse en el río, lo hacía con frecuencia. Justo en el lugar donde la corriente decrecía, ahí estaba su refugio rodeado de vegetación. De camino al lugar se topó con Coyoltótotl, en el instante en que sus ojos se clavaron la esposa del cacique se paralizó. Fue entonces que el guerrero se acercó a ella, la distancia se acortó tanto que el latido de la bella mujer resonaba en los oídos del enviado de Moctezuma.

Sin dejar de mirarle, el fuerte guerrero la tomó entre sus brazos y la besó ávidamente. Sin que la joven intentara evitarlo, Coyoltótotl la tomó de la cintura conduciendola a lo más profundo del bosque. La noche les alcanzó y la esposa no volvía al lado de Chiun. Por largas horas el cacique espero inquieto a su mujer, pensaba en que alguna tragedia le hubiese sucedido. Pasada la medianoche fue a buscarla junto con otros guerreros. Las antorchas se dispersaron en toda dirección.

Fotografía: Agto Nugroho.

Aquella noche la luna estaba ausente, lo cual hacía más tenebrosa la búsqueda. Se escuchaba al tecolote cantar y así volvió al destrozado corazón del cacique lo que el hechicero alguna vez presagió.  La noche cedió y no se encontró rastro alguno, Chui presentía la muerte de su amada; le llamaba entre gritos de angustia. El tecolote cantó. De regreso al pueblo caminó en soledad por la vereda, era una senda muy oculta que llevaba al corazón del bosque y ahí escuchó voces.

Su amada esposa pronunciaba palabras de amor, el cacique siguió a toda velocidad el dulce timbre hasta que encontró a Andoeni y Coyoltótotl fundidos en un apasionado abrazo. Chuin, furioso de celos, atacó al guerrero. Le enterró su puñal en el corazón y, ya sangrante en el suelo, le arrancó los ojos. Pues en ellos vio el embrujo. Los clavó en el tronco de un árbol cercano que nunca había florecido. Entonces Andoeni, como si acabase de despertar de un largo sueño, contempló el cuerpo del guerrero y echó a correr hacia el río. Pero no llegó a su refugio, sino a donde la corriente era más turbulenta. Se adentró en ella.

Los años pasaron y aquel árbol dio flores y frutos. Parecían brotar ojos humanos, los cuales fueron descubiertos por los sajoos. Dijeron que pertenecían a Coyoltótotl y que los dioses, siendo benevolentes, habían dejado en el árbol las cualidades mágicas de la mirada del guerrero. Llamaron al fruto Cuauhixti y su semilla se llama “ojo de venado”. Un ojo que sirve para ahuyentar el mal.

Fotografía: Maruja.

Gallagher, profesor de la Universidad de Texas, y Rehm, profesor en la Universidad de California, realizaron una investigación respecto a los síndromes y remedios tradicionales mexicanos, hacen énfasis en el razonamiento de las madres mexicanas para determinar si sus hijos sufren de “mal de ojo”. El estudio arroja que cuando un niño no puede dormir y llora sin razón, el 70% de las madres en el estudio consideran que es porque alguien ha mirado intensamente al niño, normalmente con admiración. Las participantes del estudio explicaron que existen personas que tienen una energía muy fuerte que, a través de los ojos, transmiten a otros y cuando el cuerpo no puede soportar esta energía que ha recibido se termina sin poder dormir o enfermando, regularmente con fiebre.  Se piensa que para evitarlo es necesario que la persona que tiene mucha energía toque a la persona a la que está mirando, de esta forma recuperaría la energía que ha pasado con la mirada. Otra solución es barrer la energía a través del cuerpo con un huevo (que se asemeja al ojo) mientras se reza, así se toma la energía sobrante dentro del cascarón..

Se realizaron varias entrevistas etnográficas, en una de ellas se hace énfasis en cómo se cuida que los niños no se enfermen. La principal forma de prevención que se mencionó fue la de colocarles un “ojo de venado”. El Cuauhixti, actualmente lleva el nombre científico de Mucuna pruriens, el género Mucuna se encuentra en todo el mundo, en México es llamado frijol de terciopelo y la semilla de este es considerada  “el ojo”. Hay otras culturas que cuentan con esta misma creencia y con su propio mito de origen, sin embargo, en otomí el Cuauhixti representa sus propias prácticas culturales y la conexión del ser humano con la naturaleza. Los ojos suelen ser parte de un brazalete que se acompaña con la imagen de un santo, lo cual es un ejemplo del sincretismo cultural y de que el mal de ojo se ha esparcido en más de una cultura. Este amuleto forma parte de los remedios culturales que suelen aprenderse de generación en generación. Hay ocasiones en que los remedios de esta procedencia son sumamente criticados, principalmente por la falta de fundamentos científicos. Pero a pesar de ello se mantienen por los rumores, los testimonios de figuras de autoridad personal o la vivencia de primera mano.

Al final los investigadores reconocen que el uso de los “ojos de venado” no representa una práctica que ponga en riesgo la salud de alguien, ya que no se está retrasando la práctica médica ya que aquello que dice curar no pone en riesgo la vida. También se hace un llamado a una continua sensibilización y conocimiento sobre los distintos remedios culturales para garantizar que la ayuda médica sea aceptada sin sentir que los pueblos de sumo arraigo a sus raíces culturales sientan que su pasado está siendo negado, excluido o demeritado. Hay costumbres y tradiciones que todos guardamos en nuestro ser y todas ellas merecen respeto; por lo que la promoción de la tolerancia es clave para una mejor comunidad.

Fotografía: Jesús Guzman Moya.

Fuentes:

Gallagher, M. & Rehm, R. El papel de los síndromes culturales y los remedios tradicionales mexicanos en la promoción de salud de los niños. Enfermería global Vol.11 No.27 Julio 2012 Integrating CAM: Nursing Emphasis Grant

Meza, O. Leyendas prehispánicas mexicanas.Panorama Editorial: México. (1988)

Zimmermann, K. La descripción del otomí/hñahñu en la época colonial: lucha y éxito. (1997)

Descarga en Descarga en