Cultura

La chinampa es como un bebé, la tienes que cuidar

Entrevista a Carolina Martínez Galicia, originaria del pueblo San Gregorio Atlapulco, Xochimilco, y participante del curso Las chinampas y sus saberes.

| Por: Abel R. Celin
| Fotos: Semillas de la chinampa

Yo, Carolina

Nací en San Gregorio y tengo 25 años. Mi mamá es originaria de San Gregorio. Mi papá es de Guanajuato. Siempre estuvieron separados. Eran amigos y algo salió mal. Tengo hermanos por parte de mi papá. Soy hija única de mi mamá y como crecí con mi mamá, me considero hija única. 

Lo que hago en mi tiempo libre es ver películas, salir con mis amigos y leer cada que puedo. No leo mucho. No leo grandes cosas. Cuido a mi abuelita que tiene 91 años.  

A veces he pensado que crecí en una época equivocada. Me hubiera gustado más estar en la antigüedad. Sin luz, sin internet, sin nada de eso yo podría estar bien. Aquí, las redes sociales te absorben. Tienes que buscar otras formas de trabajo porque no ganas nada estando en las chinampas. Bueno, eso es lo que te dicen. Y te dicen que hay más cosas, que puedes tener casa, carro. Pero yo quiero vivir de una forma tranquila. No me gusta que las cosas materiales te den un valor. El valor está en la tierra. Ahorita, tal vez, otras personas no lo encuentren. Yo todavía no lo podría definir… digamos que sé lo que no quiero.

No quiero vivir de cosas materiales o que eso me defina como persona. Quiero que la gente y mi familia me reconozcan por lo que sé, por lo que puedo hacer, no por lo que tenga. Y de ahí mi decisión de recuperar lo que mi abuela nos dejó. Eso es lo mínimo que debería de hacer, lo que me corresponde como nieta, hija. 

Mi madre creció en la chinampa

Mi madre, Rosa María, siembra principalmente lechuga, espinacas, acelgas, verdolagas. La producción es pequeña. Nada más es para consumo familiar y venta local. Siempre está sembrando.

Ella creció en la chinampa, pero no lo había hecho porque le heredaron la costumbre de dedicarse a otras cosas, por ser mujer. Querían que estudiara, no terminó una carrera y siguió en esto de la planta. Tenía un puesto en Cuemanco y uno en Madre Selva. Vendía hortalizas y frutales, pero también los dejó y se dedicó, un tiempo, a cuidarnos a mi abuela y a mí. Ahorita solamente se dedica a la hortaliza.

Mi mamá sólo tiene una chinampa como de 300 metros cuadrados. Mi abuelo Emiliano y mi abuela Gregoria se casaron más o menos jóvenes. Los dos eran campesinos. Ninguno heredó nada por problemas familiares. Mis bisabuelos prefirieron darles tierras a sus otros hijos. Todas las chinampas que tuvo mi abuelo las compró. Tenía una aquí, otra allá. Se las dejó a mis tíos; ellos, la mayoría las vendieron o hicieron casa. Mi mamá es la única que se dedica a cultivar, y un primo, pero no cultiva mucho. 

Fotografía: Karla Ceceña

Don Emilianito, mi abuelo

No conocí a mi abuelo. Murió muy joven, a los 50 años. Todo lo que sé de él me lo han platicado mi mamá o gente que ni conozco. Que trabajaba día y noche, que nunca descansaba, que si no eran las chinampas se iba a buscar trabajo en otro lado. Tenía su coche, con el que transportaba su planta. Mi abuela me cuenta muy poco.

Todo el mundo me cuenta de mi abuelo. No falta en San Gregorio que te pregunten quién es tu apá, quién tu amá, quiénes tus abuelos. A lo mejor no conocen a mi papá, pero, tal vez, conocieron a mi abuelo Emiliano. Emiliano Galicia Serralde. Todos me dicen: “Ah, sí, don Emilianito”. Porque ya cuando estaba ganando más dinero, era mayordomo, andaba de aquí para allá en las fiestas. Mi abuelo tenía un ahijado acá, otro ahijado por allá.

Mi abuela: ¡señora voluntad!

Ella no está enferma. Más bien… la edad. Simplemente el desgaste de todo el trabajo que ha hecho. No está enferma, está muy cuerda. ¡Señora voluntad! 

Yo le hago compañía. Ella puede hacerse todo. Se baña, lava, cocina. A veces, tiene sus malos días y quiere estar todo el día acostada. Entonces ahí sí hay que cocinar, limpiar. Depende de su estado de ánimo.

Cuando está en ese estado se vuelve a levantar por sus nietos e hijos que la van a visitar. A veces sí se cae, pero se da cuenta que estamos ahí, que la vemos, que es querida; eso la anima.  

Mi abuela, después de que mi abuelo falleció, se dedicó cien por ciento a la iglesia. Iba a casa a leer la Biblia, les leía a los enfermos. Iba a resolver problemas maritales y por eso conocen mucho a mi abuela.

Recuperar la chinampa, regresar a ser feliz

El interés por recuperar la chinampa empieza a surgir porque crecí en ellas. De niña mi mamá me llevaba. Ella tenía sus trabajadores. No me dejaba meter porque estaba chiquita y no podía estar cuidándome. Me tenía en otra parte aislada, pero siempre vi cómo se hacían las cosas y, entre juegos, me gustaba estar ahí.

Aumentó más cuando crecí. Yo estaba en la adolescencia y en esa etapa cometes muchos errores; uno de esos fue que me tuve que dar de baja un tiempo de la escuela y mi mamá estaba muy molesta. Me dijo que me estaba dando el apoyo y que eso no lo volvería a obtener de ella. Tuve que trabajar. 

Trabajaba en cosas muy banales, muy sencillas: mesera, cajera, empacadora, recepcionista, telefonista. Nada, nada me hacía estar a gusto. Era una rutina. Estaba muy fastidiada. No me gustaba la gente con la que trataba. Si tenía dinero me lo gastaba en tres días. No era mucho lo que ganaba. Lo más que llegué a ganar fueron 200 pesos diarios que a cualquiera le caen bien, pero para alguien que no está feliz con su trabajo esa paga se hace miserable.   

De ahí, regresé a lo que me hacía feliz. Algo que trae paz, algo que da satisfacción. Me canso, me duermo y al otro día sigo con energía. Con los otros trabajos era cansarse, no dormir bien, despertar y decir: «No quiero ir a trabajar”». Vi que mi lugar estaba en el campo, siempre rodeada de naturaleza porque en otra forma yo no puedo estar.

Fotografía: Karla Ceceña

Una de las razones por las que quiero sembrar mi chinampa es demostrar a las personas que se puede vivir de eso y estar contento. También me gusta esa parte más inocente de ver una plantita crecer desde que la siembras, chiquitita, y que después te esté dando de comer.  

Otra es rescatar la chinampa. Hubo varios años que estuvo abandonada y nos costó mucho trabajo levantarla. Ahorita la mitad está rentada y la otra mitad la está trabajando mi mamá. Es mejor tenerla así, pero lo que quiero es que todo el tiempo esté activa.

Agrónoma de la UAM

Estudio agronomía en la UAM Xochimilco. Desde la secundaria te dicen que tengas una visión de lo que quieres hacer de grande. Yo ya sospechaba que quería algo de ese tipo porque me gustaba. De niña mi sueño era ser veterinaria, pero conforme fui creciendo le perdí un poco el interés. Hice muchos cuestionarios, me hice muchas preguntas: qué es lo que quiero, qué voy a hacer, qué recursos tengo para hacerlo.  

Entonces le dije a mi mamá: «Quiero dedicarme a las plantas».  Ella me dijo: «Ah, entonces quieres ser agrónoma. Mira, hay una escuela que se llama Chapingo que es de las mejores en el país para la agronomía». Hice examen, pero no quedé. Tuve que investigar otras universidades donde podía estudiar la carrera; encontré que estaba muy cerca la UAM Xochimilco.

Fotografía: Karla Ceceña

Ahí perdí otro año. Trabajaba y no estudiaba mucho para entrar a la universidad.  No sabía qué hacer: seguir intentando entrar a Chapingo o en la UAM o seguir trabajando. Mi familia me presionaba, decía: «Cómo te vas a quedar así. Tú puedes hacer más». Era una decepción para ellos. ¡Estaba viviendo por vivir! Y después me retaban: «Ni vas a entrar a la escuela y vas a terminar siendo cualquier cosa. Ya mejor cásate, ten hijos». Sabía que no quería ese tipo de vida.

Y quedé. Mi mamá no me creyó hasta que vio que me cambié para ir a la escuela y le enseñé mi credencial. Y después de un año mi familia se fue enterando de que estaba estudiando. 

Las chinampas y sus saberes

Me enteré del curso Las chinampas y sus saberes por Facebook, dándole like a todas las páginas de Xochimilco. En alguna de esas páginas, en las que todo el mundo está, vi una publicación. Es lo que estaba buscando: una escuela chinampera para poder aprender más. Llegó como por obra de magia. Fue una bonita bendición. En San Gregorio y en la UAM enseñan algo, pero es alguien que no es de Xochimilco. Tenía que ser alguien de Xochimilco o de San Gregorio para que me pudiera enseñar las prácticas. En San Gregorio ya se están perdiendo muchas cosas. Los chinamperos que conozco quieren hacer sus invernaderos, su hidroponía. ¿Cómo quieren hacer hidroponía en una chinampa? Eso no se hace, es una grosería.  

            Me inscribí al curso porque no podía dejar pasar la oportunidad de aprender. Empecé a leer el cartel y decía que sería impartido por maestros chinamperos y yo pensé: «Es gente de Xochimilco, que sabe, que no va a dejar pasar esto de las tradiciones y las costumbres, las buenas costumbres.»

Antes de que iniciara tenía la idea de que iba a haber cátedras, clases con sillas, salones, libretas, pizarrón. Y todo está en el campo, en la chinampa. Hasta llegué con mi libretita. Sí anoto en ella, pero todo es más visual y práctico. Si quieres aprender a barbechar tienes que usar el azadón. 

Como un bebé 

Para mí la chinampa significa cultura, sustento, vida, que alguien lo aprendió, lo trabajó y te lo está heredando. Eres una persona privilegiada por estar en un lugar que no puedes repetir en ningún otro lado y tú, por suerte, naciste aquí. Tienes que protegerlo. Es como un bebé. Es algo que tienes que cuidar.

La zona lacustre es una obra de arte. ¡Es lacustre! Es darte cuenta de que… ¡es agua! No se va. Siempre está aquí y es nutritiva. Lo veo como un paisaje sin el cual la ciudad no podría vivir, no podría respirar. Y se está acabando de a poquito.  

En el curso Las chinampas y sus saberes he aprendido un buen de cosas: remar, limpiar la chinampa, pocetear, barbechar, la técnica del chapin, surcar, hacer composta, rescatar zanjas, pescar, hacer una red, sacar lodo.  

La experiencia que recuerdo con más intensidad es sacar lodo. En la escuela hice análisis del agua de Xochimilco. No estaban muy favorables. Había muchos bichitos y me daba curiosidad estar aquí. «No pasa nada, puedes meter las manos», pensaba. Al principio lo estaba haciendo muy despacio, con miedo. Ya después me sentía como charal. Huele a descomposición porque es materia orgánica descomponiéndose, pero no es una suciedad putrefacta como cuando se muere un perro, es como una frutita echándose a perder. Es trabajoso, cansado. No es fácil. Tienes que buscar dónde sacarlo. Tienes que saber cómo usar el cuero para no romperlo. Y después llevarlo al chapin, a las pocetas. Allí está parte de lo nutritivo: no necesitas fertilizante, la misma naturaleza te lo está dando.

Fotografía: Karla Ceceña

Otra cosa que también se me hizo muy emocionante fue la pesca. ¡Ni te imaginas qué vida hay debajo del agua! Lo recuerdo mucho. Siempre estoy recomendando el curso. Me gusta decir que vengo. A la gente le da miedo venir, yo creo. Llego con tierrita o sudada o quemada del sol y me ven. Han de decir: “Está pesado”. Le tienen miedo al éxito. Siempre estoy diciendo que vengo a la chinampa, me dicen: «Vamos a vernos el sábado». Y yo: «Sí, pero muy tarde porque por las mañanas voy a la chinampa». Me invitan a las trajineras y yo: «¡No! Prefiero irme a la chinampa. Además yo voy todos los sábados». No me apantallan.

La higuerilla es como pasto

La higuerilla aquí en Xochimilco es una planta invasiva. Es una planta dehiscente. Quiere decir que bota la semilla. Ella está cumpliendo sus funciones de supervivencia. Se adaptó para que nadie la sembrara. Ella solita va a botar la semilla, va a caer en donde quiera, va a nacer y se va a reproducir. Dijo: «Xochimilco está muy bueno. Mira una chinampa descuidada. Ahí voy a nacer». Esa es la higuerilla.

Genera interés en unas pocas personas porque de ella se saca el aceite de ricino con el cual hacen combustible, cosméticos, medicina. Tal vez aquí sea una planta invasiva, pero en otros lugares es muy costosa. Con esto de la gasolina, puede ser una alternativa; reduces el impacto ambiental y le das otra forma de obtener dinero a un campesino. 

Fotografía: Karla Ceceña

Un laboratorio que está en Xochimilco quería sembrar porque aquí se da como pasto. Ya se adaptó. Los del laboratorio se dedican a la propagación in vitro. Ellos conservan especies en el laboratorio, reproducen orquídeas que se están extinguiendo, vainilla para Oaxaca. Están haciendo cosas maravillosas. Tienen muchas ideas, proyectos, pero no están completos. Les hace falta ver más consecuencias. 

Al laboratorio lo encontramos por internet. Fue todo a causa de la huelga de la UAM. Empezamos a buscar lugares donde trabajar. Entonces fuimos a pedirles a los del laboratorio que nos echaran la mano. Les explicamos nuestra situación: «No tenemos dónde trabajar, queremos seguir haciendo un proyecto, queremos seguir trabajando». Y ellos: «Sí los aceptamos, no les vamos a cobrar nada, les vamos a dar un curso gratis, les vamos a dar el laboratorio para que hagan sus cultivos.»

Después del laboratorio, nos contactamos con un ingeniero. El inge sí ha trabajado con esto de cultivar la higuerilla en Michoacán y ha funcionado. El proyecto parecía que iba bien, pero el chiste no es reproducirla, sino rescatar las chinampas. Y la que ya está aquí, como planta invasiva, explotarla.

Ya tenían decidido sembrarla. Estaban de un día para otro de que íbamos a sembrar en unas parcelas amplias, pero yo hablé en privado con el inge y le dije que Xochimilco no era apto para sembrar la higuerilla. Él me dijo: «Yo ya lo había notado, pero vi a tus compañeros muy animados». El equipo del laboratorio ya estaba con la semilla, con el terreno, con la herramienta. Ya tenían todo.

Fotografía: Karla Ceceña

El curso Las chinampas y sus saberes influyó en mí. Iba a seguir el proyecto, pero me di cuenta que había más que eso: aquí todavía existe el cultivo tradicional, una biodiversidad muy grande, se conservan los canales limpios. Yo pensaba que todo estaba abandonado. Aquí me di cuenta que no es así, que la gente está prosperando con lo que tiene. Están las tradiciones, la cultura. Investigué más sobre la higuerilla y encontré más contras que pros. Decidí mencionarlo. 

Al principio mis compañeros me decían: «Tú no digas nada porque esto va a salir bien y vamos a tener ganancias». Tal vez lo creyeron un capricho de mi parte, pero les mandé documentación, hablé con ellos, les expliqué, les invité al curso.

Todo estaba en mi cabeza y no tenía nada estructurado, sólo lo estaba pensando vagamente. Un día pude hablar con los organizadores del curso y me gustó saber su opinión. Me dieron seguridad, me dijeron: «No te quedes callada, diles. No va a pasar nada». Yo buscaba la forma de decirlo sin que perdiera la confianza del inge, sin que los del laboratorio me excluyeran de su espacio. Ellos lo tomaron bien. El proyecto ya no continuó.