Literatura

Flores y cantos: la verdad que sustenta la existencia

¿Qué rumbo divisaron las antiguas culturas nahuas para hallar la verdad?

| Por: Luis Mejía.

“¿Qué es la vida? Un frenesí”, es la conclusión a la que llega Segismundo al
despertar nuevamente en el calabozo donde ha estado toda su vida. Tiene aún latente el recuerdo de su alcoba resplandeciente en el palacio, los encajes bordados de su atuendo, la corte profusa, solícita, ciñendo su persona como la corona su cabello perfumado. Y cree, confundido, que aquella imagen engalanada no fue más que un sueño. Mira las paredes tan conocidas de su cautiverio, las palpa con cierto recelo, y en lugar de sentirse confiado de la realidad que lo acota, duda y se pregunta una vez más, pero ahora cerciorándose de lo que cree ser otro sueño: “¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, un ficción”. Y deduce que tan cierto fue el estado principesco en que se vio como el frío de los grilletes que ahora soporta su cuerpo, pues se percata, tal vez aliviado, tal vez abatido, que “la vida es sólo un sueño y los sueños, sueños son”.

Este pensamiento, que es el colofón de uno de los soliloquios más importantes de la literatura hispánica, se destacó como una de las cuestiones esenciales de la filosofía náhuatl1 . Al igual que Calderón de la Barca los tlamatinime, quienes con certeza pueden ser equiparados al término “filósofo” de las culturas europeas, se preguntaron sobre la veracidad del mundo y de todo lo que acontece en él. La eventualidad de la vida humana, así como los procesos naturales donde incluso “el jade se quiebra y el oro se rompe”, los llevó a sospechar de lo que perciben como real. Si el Sol, cuya luz procura la existencia, está destinado igualmente a perecer, ¿qué prevalece a lo largo de la edades? ¿Qué logra mantenerse de pie ante las embestidas del tiempo? 

¿Acaso hablamos algo verdadero aquí, Dador de la vida?
Sólo soñamos, sólo nos levantamos del sueño. Sólo es un sueño…
Nadie habla aquí de verdad…
2

En la cosmovisión náhuatl la historia del universo está dividida en edades, las cuales tienen una duración correspondiente al lapso entre el nacimiento y la muerte de los soles. Cuando una edad llega a su fin, el caos reina en el cosmos y acaba con toda la existencia sobre el mundo. Tan sólo después de un largo tiempo las fuerzas cósmicas (o dioses) vuelven a alcanzar cierta armonía que posibilita el surgimiento de un nuevo sol. La edad que transcurrió durante el imperio azteca fue la correspondiente al Quinto Sol. En ésta fue donde los tlamatinime buscaron una respuesta racional no sólo sobre la verdad del mundo y el universo, sino del humano mismo, pues entendieron que algo debía sobrevivir las catástrofes solares para permitir la consecución de las edades. O sea, sabían que nada podía surgir de la nada: ciertos elementos debían de persistir para ser la causa y el origen de las cosas. Pero al decir que buscaban la “verdad”, ¿a qué se referían? ¿Acaso para ellos esta palabra tiene el mismo significado que le dio el pensamiento europeo? 

Para las culturas náhuatl, “verdad” (neltiliztli) es un término derivado de la palabra “raíz” (tlanélhuatl), de la cual se deriva también nelhuáyotl, que significa cimiento, fundamento. Así, la veracidad de las cosas reside en que estén cimentadas, arraigadas. Sólo algo fundamentado en sí mismo, independiente, eterno, imperturbable, acarrea en sí mismo la quintaesencia de la verdad. Por eso, al igual que Segismundo, los tlamatinime sospecharon que todo sobre la Tierra debía ser una suerte de sueño, pues era fugaz, perecedero y dependiente a aquellos elementos que propician la existencia. Y así como requirieron de una entidad que prevaleciera a lo largo de las edades, necesitaron de una verdad, cuyos cimientos estaban en sí misma, que sobreviviera a las generaciones humanas. De este modo, concibieron a Ometéotl, quien también era conocido como “Dador de la vida”. 

Madre de los dioses, padre de los dioses,
el dios viejo, tendido en el ombligo de la tierra,
metido en un encierro de turquesas.
El que está en las aguas color de pájaro azul, el que está encerrado en
nubes,
el dios viejo, el que habita en las sombras de la región de los muertos,
el señor del fuego y del año. 3

La filosofía náhuatl comprende en una divinidad y una región la única verdad del universo, o sea: el fundamento sobre el que están todas las cosas. Pero a diferencia de los dioses de otras culturas, esta fuerza primordial no es una entidad como tal, sino la configuración de una cualidad. Los tlamatinime, a través del mito donde Quetzalcóatl (símbolo de la sabiduría) medita sobre la verdad que rige al mundo, reconocieron la dinámica que pone en marcha a la existencia. Esta dinámica no es solamente un ser, sino una serie de fenómenos que en su correlación manifiestan la raíz sustentadora del universo, a la cual llamaron Ometéotl, que significa literalmente “Dios de la dualidad”. Al desgranar hasta sus últimas instancias las eventualidades de las cosas, los tlamatinime hallaron el principio absoluto e independiente que, cimentado en sí mismo, provee las condiciones para la vida. Pero este principio no está inmóvil, sino en constante sinergia, ya que la dualidad supone la coexistencia; y este dimorfismo fundamental es, en esencia, una correspondencia, pues el movimiento implica el desplazamiento o la influencia con respecto a algo más. Así es como los tlamatinime descubrieron la dualidad esencial: Ometéotl, quien en sí mismo genera y concibe (correlación vital) todas las cosas y todos los eventos del universo. Es el ser que está “tendido en el ombligo de la tierra” y “encerrado en las nubes”; “la que está vestida de negro” y “el que está vestido de rojo” 4. Es madre y padre de los dioses, quienes son el resultado de la primer generación-concepción de Ometéotl, y mora en la región de los descarnados (Mictlan), entre las aguas que ciñen la tierra (Anáhuac) y en el último peldaño del cielo: Omeyocan, que significa literalmente “Lugar de la dualidad”. 

Flores con ansia mi corazón desea,
sufro con el canto, y sólo ensayo cantos en la tierra,
yo Cuacuauhtzin:
¡quiero flores que duren en mis manos!…
¿Yo dónde tomaré hermosas flores, hermosos cantos?
Jamás los produce aquí la primavera:
yo sólo me atormento, yo Cuacuauhtzin.
¿Podréis gozar acaso, podrán tener placer nuestros amigos?
¿Yo dónde tomaré hermosas flores, hermosos cantos? 5

Una vez que los tlamatinime reconocieron la dinámica fundamentadora del universo, la tensión que generaba y concebía gracias al carácter dual de Ometéotl, se preguntaron si en el sueño de la vida es posible acceder a ella, o sea: a la verdad. Al igual que Segismundo, se comprendían como una ilusión, una fantasía: simplemente la sombra de lo único concreto y real de la existencia. Hubieron varias respuestas al problema de alcanzar la verdad a través de la acción y el pensamiento humano, desde la resignación a la transitoriedad de la vida (“Sólo estamos de paso sobre la tierra. En paz y placer pasemos la vida: venid y gocemos”) 6 hasta los sacrificios y las dádivas ofrecidos a Ometéotl. Pero ninguna de estas opciones pareció satisfacer la angustia existencial de los nahuales. La melancolía que despertó su anhelo por hallar la verdad, aquella fuerza dual que sobrepasaba las edades y escapaba de la mortalidad del mundo, era un grito desesperado por sentir aunque fuera una gota de eternidad. Como la gran mayoría de las culturas antiguas que poblaron la Tierra, esa búsqueda filosófica y teológica tuvo su causa en el sufrimiento humano, en el deseo por cesar el dolor o la angustia que pulula en la vida (“No es ésta la región donde se hacen las cosas. Ciertamente nada verdea aquí: abre sus flores la desdicha”). 7 Por eso, los tlamatinime reflexionaron en torno a una respuesta más profunda y universal que lograra finalmente conectar al ser humano con Ometéotl, pues creían que en la verdad moraba la dicha. Pero a diferencia del pensamiento socrático que busca la felicidad a través de la razón: la penetración de la mente en el ser de las cosas; la cosmovisión náhuatl, que entendía como Segismundo que a lo mejor la existencia en su totalidad no fuera más que un sueño, tuvo que hallar su verdad más allá de la mortalidad humana, los fenómenos naturales y la transitoriedad del Sol y los cuerpos celestes. En otras palabras, tuvo que librarse del mundo físico para alcanzar aquel plano metafísico que identificaba con el nombre de Omeyocan (“Lugar de la dualidad”). Así, reconociendo que la verdad escapaba a la percepción de los hombres (macehuales), los tlamatinime dedujeron el único camino capaz de conducirlos más allá de la materialidad efímera: in xóchitl, in cuícatl (las flores y los cantos). 

No acabarán mis flores, no cesarán mis cantos:
Yo cantor los elevo,
se reparten, se esparcen…

El lenguaje no sólo expresa la manera en que concebimos la realidad, sino que la moldea y, aun siendo erróneas, determina las leyes fundamentales que la conforman. Así, el ser humano, basándose en su percepción, enuncia un tiempo que fluye y distingue perfectamente el pasado del futuro, que rige y marca el orden del universo, a pesar de que la física moderna arguye por un tiempo fluctuante, sin una dirección especial ni absoluta: “El tiempo de la física, en última instancia, es la expresión de nuestra ignorancia del mundo” 9 . Con el lenguaje, más que describir las cosas que nos rodean, revelamos aquel otro mundo del que estamos compuestos, uno en el que no abunda el hidrógeno y el helio, sino el deseo y la aflicción. 

De este mismo modo, la cosmovisión náhuatl puede ser sintetizada en una figura lingüística que el doctor Ángel María Garibay denominó “difrasismo”. Esta modalidad tan característica de la lengua náhuatl expresa “una misma idea por medio de dos vocablos que se completan en el sentido, ya sea por ser sinónimos o adyacentes[…] Casi todas estas frases son de sentido metafórico”. 10 Garibay menciona algunos ejemplos que podrían compararse con la lengua castellana: “A sangre y fuego; contra viento y marea”. Entendiendo que Ometéotl es el fundamento donde actúan las fuerzas cósmicas (los dioses) y tiene lugar la existencia, en razón de su esencia dual que genera y concibe, es lógico que el lenguaje esté compuesto de las mismas relaciones que supuestamente configuran el universo. Y si aquella correspondencia entre los hechos o los fenómenos (“Tendido en el ombligo de la tierra[…] El que está encerrado en nubes”; “A la del faldellín de estrellas, al que hace lucir las cosas” ) 11 revela la verdad dual que posibilita la vida de los macehuales y el surgimiento de los soles, es consecuente pensar que la avenencia entre la literalidad de dos conceptos manifieste la misma dualidad metafísica de Ometéotl. En conclusión, los tlamatinime dedujeron que el único camino para alcanzar la verdad eran “las flores y los cantos”: el difrasismo náhuatl para designar la poesía, el sentido metafórico que va más allá de la materialidad. 

Si la vida es un sueño, si el mundo una ilusión, si el universo una ficción, la verdad forzosamente reside en un plano metafísico, un origen proveniente de un más allá desde donde emana la existencia. Ese plano inalcanzable para la razón, no lo es para la sensibilidad, la cual surge de otra relación vital que coloca al individuo como elemento primordial del dinamismo: la conciencia humana con su entorno. Pues la poesía no sólo supone un distanciamiento de lo mundano, una visión que escapa del cautiverio físico, sino que es “fruto de una auténtica experiencia interior, o si se prefiere, resultado de una intuición” 12. El aroma de un perfume que despierta recuerdos de la infancia, coloca el pensamiento en una suerte de estado atemporal que armoniza en un instante una sensación presente (física) y las emociones que confinaron un acontecimiento pasado (un recuerdo, un plano metafísico), haciendo de un entrelazamiento involuntario una experiencia renovada. 

Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse[…] Así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té. 13 

Al igual que Ometéotl, la poesía actúa como una fuerza dinámica que crea a partir de la dualidad. Gracias a la expresión lingüística del difrasismo, in chalchíhuitl in quetzalli (“el jade y las plumas finas”) se despojan de su literalidad, del concepto que las vincula al mundo físico, y adquieren un significado metafórico: belleza; y tlilli tlapalli deja de ser simplemente “tinta negra” y “tinta roja” para simbolizar la sabiduría. Por eso, a pesar de que el poeta sufre por sólo “ensayar cantos en la tierra”, por “querer flores que duren en mis manos”, más que expresar la imposibilidad de conseguir aquello que no “produce aquí la primavera” (la poesía), manifiesta una verdad que se intuye a través de las imágenes desventuradas de los versos: la dicha que provoca lo inefable. La metáfora es el desdoblamiento que surge de las impresiones humanas, la expresión despojada de literalidad que revela la constante tensión entre los deseos y la impotencia, la realidad y la fantasía, la memoria y la experiencia, el olvido y las sensaciones…

Segismundo reconoce la esencia onírica tanto del palacio como del calabozo y concluye que “el hombre que vive sueña lo que es hasta despertar”, pero la verdad que expresa su discurso no se halla en la literalidad de los versos, sino en la secuencia de las ideas y las imágenes. Esa armonía descubre una verdad más profunda, la cual, aun sin decirla, se intuye, se sospecha a partir de la introspección. En razón a esto, se puede pensar que la evanescencia de dos estados opuestos (opulento e indigente, fausto y miserable), el carácter etéreo que los funde en la bruma del sueño, es la metáfora de la identidad fragmentada, del caleidoscopio que escinde y amalgama la condición humana. La verdad, en este caso, se parece más a una propiedad relativa que a un hecho, pues sólo tiene sentido en las diversas correlaciones desde donde se manifiesta. En contraste, la “realidad” puede ser entendida como una mera descripción de las cosas: un hecho tangible, objetivo, que busca a toda costa escapar de la subjetividad; mas la verdad surge de aquello de lo que precisamente rehuye una realidad desvinculada, pues requiere de un punto de vista, una perspectiva, una intuición, una impresión, una relación dual que le otorgue sentido: la conexión entre el ser humano y su entorno.

De este modo, los tlamatinime descifraron que la única manera de alcanzar el fundamento de la existencia (neltiliztli) era por el rumbo de las flores y los cantos: la poesía; pues hacia el más allá que escapa al sueño de la existencia, hacia la región metafísica de Omeyocan, no se puede llegar con paso firme ni a través de la razón: tan sólo por la senda que entretejieron los versos alados de la metáfora aflora en salpicadas corolas la dicha y la verdad. 

Lo que sí nos es lícito suponer de nosotros mismos es que para el verdadero creador de este mundo somos imágenes y proyecciones artísticas, y que nuestra suprema dignidad la tenemos en significar obras de arte, pues sólo como fenómeno estético están eternamente justificados la existencia y el mundo. 14 

Fuente bibliográfica principal:

Miguel León-Portilla. La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, Ciudad de México, 2018.

1. Por lo que se refiere a este texto, la palabra náhuatl comprende a las principales ciudades establecidas en los siglos XV y XVI en el Valle de México y que compartieron la lengua náhuatl.

2. Romances de los señores de la Nueva España, f. 5v y 13r.

3. Fotocopia del libro VI del Códice florentino, en poder del doctor Garibay, f. 34r y su paralelo en f.71v.  

4. Anales de Cuauhtitlán, en Códice Chimalpopa. Traducción del doctor Miguel León-Portilla: La filosofía náhuatl estudiada desde sus fuentes, p.125-126.

5. Ms. Cantares mexicanos, f. 26r. 

6. Ms. Cantares mexicanos f. 26r. Traducción del doctor Ángel María Garibay que está en su obra Poesía indígena de la altiplanicie, p.103-104.

7. Ms. Cantares mexicanos f. 4v.

8. Ms. Cantares mexicanos f. 16v.

9. Carlo Rovelli, El orden del tiempo, Barcelona, España, 2018, p. 108.

10. Ángel María Garibay K., Llave del náhuatl, Otumba, México, 1940, p.112. 

11. Anales de Cuauhtitlán, en Códice Chimalpopa. Traducción del doctor Miguel León-Portilla: La filosofía náhuatl estudiada desde sus fuentes, p.125-126.

12. Miguel León-Portilla. La filosofía náhuatl estudiada desde sus fuentes, Ciudad de México, 2018, p.175. 

13. Marcel Proust. En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, Madrid, España, 2013, p. 71. 

14. Friedrich Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, Madrid, España, 2014, p. 80-81.