Cultura

El teatro perpetuo: escena prehispánica

Los prehispánicos tenían un ciclo sagrado de teatro durante los 18 meses del año. Formaba parte de las celebraciones religiosas, era un forma de entretenimiento que la comunidad compartía y enseñaba los grandes mitos y leyendas a las generaciones futuras.

| Por: Gaby Méndez.
| Imagen de portada: Baile en Códice Ramírez o Tovar en Brown University

El teatro es una creación profundamente humana, responde al anhelo de contemplarse en acción. Mirar historias representadas por nuestro símil concientiza sobre los problemas y sufrimiento de los demás, al final se anhela encontrar “la flor y el canto de las cosas”. Eso es el teatro, capáz de dar felicidad, aunque la historia sea devastadora, aunque la tragedia sea la meta, puede tratarse incluso de una comedia que nos deje riendo por horas; al final se muestra un episodio que viene del alma humana y termina en muchas otras. El público. En el teatro prehispánico la poesía era uno de los principales puntos de partida y los escenarios, en un principio, estaban en todos lados. Posteriormente fueron las grandes plazas o lugares sagrados, dependiendo de el propósito, pero hablemos más de ello en otra oportunidad, por ahora prioricemos el contenido.  

Existen numerosos documentos que describen la acción teatral entre los nahuas. Miguel León-Portilla realizó un análisis de las distintas fuentes para lograr darnos una idea global de este arte entre los antiguos pobladores. El teatro náhuatl prehispánico puede ser dividido en cuatro categorías. La primera va en torno a las fiestas religiosas, en ellas se realizaban procesiones donde los sacerdotes marchaban con vestimentas o adornos representativos de las deidades y cantaban o recitaban poemas. Con el tiempo se agregaron danzas a estas celebraciones y también se interpretaban himnos sagrados. Fray Diego de Durán escribió que cada dios tenía su propia danza y cantar, por lo que se ensayaba días antes de cada fiesta y cuando llegaba el día entonces se usaban mantas, trajes, plumas y máscaras. Las vestimentas también podían emular a animales que se consideraban sagrados, como el águila o el jaguar. 

Fotografía: Patrick Fore.

Los nahuas contaban con un ciclo sagrado de teatro perpetuo, se daba en sus 18 meses de 20 días. El objetivo del ciclo se dividía en dos: uno era el enseñar los grandes mitos y doctrinas religiosas, por lo que todos podían participar, desde sacerdotes, estudiantes y hasta cualquier persona del pueblo; el otro era para ofrecer un sacrificio, en este caso los actores tras terminar la presentación se reunirían con la divinidad representada. Este último sólo se daba en las grandes festividades que comenzaban con danzas llamadas netotiliztli, también se cantaban himnos y después se iniciaban diálogos entre coros. El sacerdote ofrecía unas palabras al pueblo en nombre de los que serían sacrificados y se iniciaba la representación. Estos actores se preparaban por meses para su papel y se consideraban los mensajeros del pueblo y colaboradores de los dioses, aprender su papel significaba iniciar su viaje hacia el más allá.

La segunda categoría es el teatro que se consideraba una farsa y entremés. Durán habla de que en dichos pasajes también se usaban máscaras, pero los movimientos eran graciosos de ver, recuerda que al cantar se daban instrucciones que uno de los actores fingía no entender y realizaba lo opuesto, era un tipo de humor que no se relacionaba con la tragedia del prójimo (como es el caso en otras culturas). Sahagún agrega a esta categoría a los prestidigitadores e ilusionistas. Estas personas se presentaban en los patios de los señores y fingían destrozar sus extremidades o incendiar las casas, al final dejaba ver a todos que aquello no era real y era recompensado, regularmente con alimentos.

Imagen: Mural Tepantitla, sacrificios humanos cantando en procesión. INAH.

La tercera forma de acción dramática es la escenificación de mitos y leyendas. En un principio eran los “declamadores” quienes contaban las historias, los prehispánicos les llamaban tlaquetzque, que significa quienes hacen ponerse de pie. Sahagún describe a estos narradores como artistas del labio y la boca; aquel que era mal hablado o que narrara cosas obscenas, se le consideraba un mal narrador, mientras quien con un discurso lleno de consejos y de lenguaje noble y cuidadoso era uno bueno. Con el tiempo el tlaquetzque se asociaba con actores y así las representaciones se acompañaban con danzas, cantos y diálogos. Al igual que en el teatro griego, hay indicios de que en esta cuarta categoría se agregaba la dimensión psicológica, es decir que había reinterpretaciones y cuestionamientos internos que demostraba cada grupo de actores en su puesta en escena.

En la última categoría están las representaciones de los problemas sociales y familiares, estas duraban poco y no se acompañaban de danzas ni himnos. Los diálogos eran el foco, Garibay les compara con los “poemas de ligerezas” ya que cada uno cuenta con un simbolismo que retrata el pensar de la sociedad. En “Canto de las mujerzuelas” Nanotzin dice:

¿Qué haré? Mi hombre me iguala

a roja flor silvestre:

cuando en su mano me haya marchitado,

él me abandonará.

La nahua es una cultura particularmente teatral, distintas partes primordiales de la vida en sociedad se ven reflejadas en las categorías que se han presentado. El pueblo generaba arte y lo hacía evolucionar generando inconscientes colectivos que permitían a la comunidad integrarse, compartiendo religión, momentos de asombro, mitos y ficciones de la vida diaria. El mismo teatro fue un instrumento para que la conquista espiritual se diera tras la conquista. Hoy en día se cuentan con sólo fragmentos de las puestas en escena, pero gracias a los frailes y los indígenas que escribieron sus testimonios, se pueden evocar las representaciones culturales de los antiguos pobladores. El teatro perpetuo es un lazo más que unía al ser humano con las deidades, un puente que acercaba a los humanos entre ellos y daba escape al arte dentro del corazón de los actores.

Imagen: Baile en Códice Ramírez o Tovar en Brown University.

Fuente: 

León-Portilla, M. Teatro Náhuatl Prehispánico, La palabra y el hombre (1959).

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