Cine

El ombligo de Guie’dani

Impresiones en torno a la metáfora en la película El ombligo de Guie’dani

| Por: Luis Mejía.
| Imagen de portada: El ombligo de Guie’dani.

Me impresionó tanto El ombligo de Guie’dani que hice algo que no suelo hacer, más por pena que por otra cosa: compartir mi impresión sobre una obra artística en redes sociales. Decidí hacerlo brevemente, en forma de tuit. Hace unos días la crítica de cine Fernanda Solórzano compartió su reseña de la película de Xavi Sala en Twitter y aproveché la ocasión para escribir sobre lo que me pareció una metáfora escénica. La historia empieza con la llegada de Lidia y Guie’dani, su hija, a la casa de una familia de clase media alta de la Ciudad de México. Ellas son de Oaxaca y, gracias a la recomendación de un pariente que antes laboraba en ese mismo lugar, Lidia pudo conseguir un trabajo como empleada doméstica. Desde el comienzo, la familia manifiesta su disconformidad con que Lidia haya traído a su hija, pues esperaban que trabajara como lo hacía su pariente: viviendo en la misma casa, trabajando de lunes a viernes y ciertos fines de semana, y a solas. Pero Lidia dice –y aquí es donde vislumbré una de las formas de la metáfora– que no pudo dejarla en el pueblo, arguyendo que no había podido inscribirla este año a la escuela. Cuando escribí el tuit comparé esta suerte de metáfora argumental con los cien caballeros que conserva el rey Lear cuando cede todos sus privilegios y deberes a sus hijas, pues, en el fondo, ¿qué son esos cien caballeros? En ambas situaciones vi un doble mensaje, un trasfondo que va más allá de sus respectivos planteamientos y enriquece la profundidad de la obra.

Este comentario me valió una respuesta que me pareció interesante. Con la intención de hacerme notar que estaba haciendo de una injusticia social una fantasía, alguien me escribió que no se trataba de una metáfora, sino de una realidad que viven millones de niños indígenas. Por supuesto, entendí a qué se refería, aunque me sorprendió esa noción que se tiene en torno a la metáfora, la cual estoy seguro no es particular. Ésta se comprende popularmente como sinónimo de irrealidad o ilusión. Hay un poco de razón en esto, mas a pesar de estar compuesta de elementos ficticios, su fuente no lo es ni mucho menos su esencia. Yo digo que es incluso lo contrario: la metáfora es el esfuerzo más efectivo que poseemos para acercarnos no sólo a la realidad, sino a la verdad.

Antes de explicar mi impresión, afirmaré brevemente, esperando adelantarme a una posible refutación, que las metáforas no pertenecen a eso que llamamos realidad social u objetiva: su reino no es de este mundo, se hallan únicamente en la mente humana y, por ende, en las obras de arte. Mi comentario sólo apunta a un recurso que utiliza la película para denotar la realidad.

Al igual que la película Roma, Xavi Salas aborda desde el punto de vista menos afortunado la relación que existe en la Ciudad de México entre las familias acomodadas y las empleadas domésticas. En ambas películas la protagonista es una indígena, aunque Salas dota a su personaje de una incondescendencia aparentemente irreprimible que no se encuentra en la Cleo de Cuarón. Guie’dani es una niña que en todo momento se resiste a comportarse como su madre para complacer a los miembros de la familia. A diferencia de la conducta típica que suele adjudicarse a estos personajes indígenas obligados a trabajar en hogares ajenos como lavanderos, sirvientes, niñeros, cocineros, para poder integrarse sin inconvenientes a las sociedades urbanas, Guie’dani desprecia y se rebela ante ese status quo. Llega incluso a mostrarse orgullosa frente al menosprecio constante de la familia y se resiste a manifestar la más mínima expresión de gratitud. Podríamos decir que ella representa esa cara oculta, a veces perdida u olvidada, de las personas que ven en sus rasgos o su lugar de origen los motivos de la discriminación. En este sentido, Guie’dani es más bien una suerte de efigie de la rebeldía que hace más evidente e incómodo el clasicismo arraigado en la sociedad mexicana.

Imagen: Escena de El ombligo de Guie’dani.

Por eso digo que vislumbré una metáfora cuando Lidia le explica a la madre de la familia que ahora no puede separarse de Guie’dani. Esa metáfora, como las que abundan en Shakespeare, es ante todo escénica. Lidia y Guie’dani entran a la casa cargadas de maletas, haciendo evidente su parentesco con sus rostro tan serios y penetrantes, serenos y de apariencia imperturbable, pero hay una gran diferencia entre ellas que las hace casi antagónicas en relación con la familia. Lidia, siempre de ceño fruncido, con párpados y pómulos abultados, acepta agradecida, incluso satisfecha, su papel en la sociedad. Comprende lo que esperan de ella y lo acata dócilmente. Por su parte, Guie’dani, aún sin una arruga surcándole el rostro, con esos labios gruesos, rosados, que parecen las hojas de una puerta de roble, se resiste a sonreír o a mostrarse menos implacable frente a las personas que ven en ella una incomodidad. Desde el comienzo, madre e hija aparecen personificando esas dos caras del indígena mexicano que condesciende y se rebela al menosprecio de sus opresores seculares. Pero esas caras, a lo largo de la película, no se muestran armonizadas, sino en constante tensión, como si estuvieran forzadas a luchar incesantemente sin poder separarse –condición que también es evidente en Cleo–.

Lidia parece estar obligada a cargar con Guie’dani, aunque es consciente de no poder apaciguar esa rebeldía suya, pues más que llevarla como una sombra, es un dolor de cabeza, una punzada en el pecho. Pero no logré ver con claridad la metáfora hasta el momento, casi a la mitad de la película, en que Lidia, cuando es reprendida por el comportamiento de su hija, le dice a la madre de la familia: “Lo siento, señora, pero no puedo controlarla”. Al final de cuentas, ¿cómo podría hacerlo? ¿Cómo despojarse de la resistencia que exhibe su hija? ¿Cómo desprenderse de esa sensación que a lo mejor también ella sintió de niña? ¿Cómo erradicarla cuando ella también la acarrea por todos lados colgando de su frente, a veces imperceptible, a veces revelándose en el reflejo de las miradas ajenas? ¿No es eso tal vez lo que significan también esos cien caballeros que exige el rey Lear después de haber cedido todo a excepción de su título? ¿Qué queda detrás, al fondo, de todos los títulos y todas las máscaras que velan el rostro humano? Pues tal vez, creo yo, no seamos más que ese tropel de sensaciones que nos sigue a todos lados, ineludiblemente, y que nunca termina por irse.

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