Arte

El Japón de ensueño

Impresiones sobre el Japón de Tablada, un par de alas surcando la mar y un vergel de mujeres que aguardan el té.

| Por: Luis Mejía.
| Imagen de portada: Shotei Takahashi.
Una gota de rocío es una gota de rocío,
y sin embargo, y sin embargo…

Me parece un tanto curiosa la segunda sección de la exposición “Pasajero 21. El Japón de Tablada”, donde además de exhibir una parte de la colección de estampas japonesas del poeta José Juan Tablada, se presenta la impresión de un registro migratorio para demostrar su viaje a la ciudad de Yokohama. Durante un largo tiempo del siglo pasado se cuestionó la veracidad de aquel viaje, declarando, los que no creían en él, que las pinturas de Tablada no eran descriptivas, sino el producto de una imaginación inquieta. Como un Alonso Quijano a punto de enloquecer, se pensaba que el conocimiento y la pasión que engendró por la cultura nipona se dio a través de un encierro hilado por haikús e ilustraciones de Katushika Hokusai, Utagawa Hiroshige, Watanabe Shotei, Yoshu Chikanobu. Además, su desconocimiento del idioma –a pesar de que Tablada aseguraba hablarlo y entenderlo– abonaba a la idea que jamás había ido a Japón. Eso explica por qué la exposición se ve en la “necesidad” de comprobar su viaje al oriente por medio de un registro migratorio, en el cual Tablada aparece como el pasajero 21 proveniente de Yokohama. 

Y escribo necesidad entre comillas porque, en esencia, no es más que un interés fútil por sustentar los trazos y los colores del poeta en una experiencia física, como si con ello se quisiera dejar en claro que sus obras no fueron inspiradas por un simple asombro infantil o a causa de ilusiones. Mas, aunque éste no sea el propósito de la exposición –yo pienso que no es más que la muestra de una curiosidad biográfica–, no deja de parecerme un tanto paradójico al darme cuenta que los vastos cielos de Japón, los ríos de olas danzantes, los pétalos escurridizos de las ramas tornasoladas, en verdad –si algún significado claro tiene la “verdad”– asemejan a un sueño más que a un paisaje real, mimético. Suponiendo que Tablada nunca viajó realmente al país del sol naciente, entonces, como un palimpsesto que extiende su bruma bajo quimeras, coloreó en consonancia figuras imaginarias sobre paisajes de ensueño.  

Imagen: Fiesta de las flores de cerezo. – Yōshū Chikanobu.

Si es así, no es descabellado pensar que aquellos grandes artistas que tanto embelesaron a Tablada tampoco estuvieron en Japón, pues las diversas pinturas parecen destilar la impresión obnubilada de la poesía, como si, en lugar de la naturaleza, los sueños fueran la materia prima de la creación artística. El azul menguante de los horizontes, por ejemplo, no busca ser un reflejo fiel de la realidad, más bien simula ser la fuente en donde las aves entintan sus plumas. Aquellos matices que van desvaneciéndose gradualmente en el cielo, acaban por labrar, al aproximarse a la superficie del mundo, un cauce rosado sobre los ribazos de las montañas. Es el color de un ocaso purpúreo, vinotinto, que, oculto tras las ramas, se diluye suavemente en los ramilletes de cerezos. Así, poco a poco, en medio del camino entre el atardecer y la noche, los troncos de los árboles y la hierba y las aguas y los kimonos floreados de las mujeres se impregnan, como luces de ciudad al caer el día, de los colores más vivos de un firmamento pigmentado. 

Los colores difuminados al fondo de los cuadros transmiten en el espectador la extraña sensación de atravesar el velo que ofusca las formas del sueño, como un mar que se desgrana y se funde en los tonos compactos de la arena: la mirada suelta amarras y navega por encima de los rostros níveos que parecen haber adquirido su blancura de aquellos arabescos caprichosos que se forman entre las olas niponas; y dejándose llevar por los vaivenes de una hoja que es acunada por la brisa, termina por elevarse y caer en un par de alas ágiles que cargan, cual Atlas, los destellos del horizonte. En otras palabras, los escenarios parecen transfigurar un mundo metafórico más que real, como si en verdad tan sólo fuera necesaria una sensibilidad poética para arribar a las costas de Japón. 

Imagen: “Ceremonia del té rodeada de flores”. – Yōshū Chikanobu.

Pero entre las pinturas que exhibe “Pasajero 21. El Japón de Tablada”, quedé fascinado con la “Ceremonia del té rodeada de flores” de Chikanobu. A mi entender, compendia ese fantástico mundo donde los elementos del paisaje se realzan y animan en las figuras humanas, confeccionando así, en los trazos que distinguen a la individualdiad, entrelazamientos maravillosos. ¿Acaso no parece que al caer el día o la tarde o la noche –quién sabe qué hora sea en esa hora del té– de pronto, cual náyades metamorfoseadas en ríos de agua dulce, se diluirán en las ondulaciones de sus kimonos? ¿No parece una acción poética aquellas flores a punto de cortar, como si buscara con ellas ataviar los pliegues de su cuello? ¿No seduce a la imaginación aquel vergel de muchachas ciñendo el tenue y glauco aroma del té? Y en la esquina de la habitación y al fondo del cuadro –en lo que parecen ser olas o el decorado de un “shōji” – ¿acaso los colores no se desvanecen, se aclaran, se esfuman, como si en un instante –suspendido por el arte– la sutileza de un ademán sustrajera la luz fluctuante de la naturaleza con el objetivo de moldearla en un pendiente, un pétalo, una pluma o en un “kanzashi” prendido entre los rizos del cabello? 

Sí, al igual que un cuento de las “Mil y una noches”, las diversas estampas e ilustraciones de la exposición te trasladan a un paraje onírico y poético, a un país donde la aurora se esparce alada y las estrellas pululan en gotitas de rocío, al deleite de una mente sensible y cautivada: al Japón de Tablada.  

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