Cultura

¿De qué estaban hechos los mesoamericanos?

El corazón, el calor, el aliento y nuestra contraparte natural eran los 4 conceptos que los mesoamericanos veían en el hombre, algunos pueblos indígenas contemporáneos mantienen esta antropovisión.

| Por: Gaby Méndez.
| Imagen de portada: Kunj Parekh.

El ser humano ha sido observado a través de lentes culturales variados que le han otorgado montones de características tanto físicas como espirituales. En el México antiguo el hombre se concebía como un ser mutable en el que los dioses intervenían, la antropovisión mexica podría tener como su principal eje que el hombre sitúa su identidad fuera de su representación corporal. Uno es ante sí mismo y se conserva aunque existan cambios fisiológicos. Esta idea de existir sin necesidad de un cuerpo se ha expresado en la cultura mesoamericana en su lenguaje, en el caso del náhuatl posiblemente sean cuatro los conceptos clave. En su investigador, Roberto Martínez González nos enseña sobre ellos.

Cada uno de estos conceptos cuenta con sus propias características y algunos eran replicados por otros pueblos mesoamericanos. Comencemos con la unidad mínima de vida. El corazón, cuyo término que lo representa es yollotl y se deriva de yoli que significa “vivir”. A parte de referir al órgano en sí, se entendía como el núcleo. Por ejemplo el corazón era el hueso de las frutas, la semilla de la que crecía un árbol, un golfo era el corazón del agua, la anciana que se quedaba en su hogar era el corazón de la casa, etc. En el yollotl se pensaba que residían la emoción, el conocimiento, la energía, la voluntad y la memoria.

Imagen: Los Metzican.

Tal vez lo más curioso de la concepción del corazón es que su ubicación dentro del ser humano podía cambiar de lugar o estar en más de uno. Los tzotziles lo ubican en la punta de la lengua, los chontales decían que era el aliento, los purépechas que en la cabeza y otros tantos pueblos pensaban que era la sangre.

Lopez Austin sostiene que algunos pueblos antiguos creían que tras la muerte, el corazón (donde sea que esté) pasaba por una purificación que podía ser muy dura, de acuerdo al comportamiento pasado, y toda la memoria se eliminaba y después se otorgaba a un nuevo cuerpo. Se pensaba que era una semilla que se renovaba. Esto quiere decir que el corazón cuenta con esta dimensión etérea. Los mayas tenían una creencia similar, esta cultura, al igual que lo mencionan informantes tzeltal, pensaban que la historia personal se borra al morir y se reinserta en un nuevo recipiente que no tendrá rastro alguno del individuo que antes fue. Los huicholes pensaban distinto, para ellos después de morir se viajaba hasta al lugar donde se nació y entonces se andaba paso a paso por lo que alguna vez se recorrió. Se revivía, con la memoria que lleva dentro, cada una de las experiencias.

Imagen: Andalucía Andaluia.

Es a partir de este entendimiento que se comienza a tener la costumbre de colocar una piedra en el lugar por donde se cree que saldrá el alma-corazón.  Por lo regular era en la boca o en la mollera, así la piedra se quedaba con una parte del difunto y daba a los familiares un nuevo corazón para estar en los altares. No debemos confundirnos, el corazón-alma tenía un significado tan complejo que su desprendimiento de la vida permitía que una parte llegara al inframundo, otra se apegaba a los objetos, otra viajaba y otra se limpiaba para volver a un nuevo cuerpo.

Existen diferentes relatos que sostienen que los almas-corazón pueden salir de los cuerpos sin necesariamente morir, los sustos pueden dejar salir el corazón por un momento, pero la forma de abandonar el cuerpo que era más aceptada entre los mesoamericanos era el dormir. Les parecía cotidiano que cuando el cuerpo dormía el alma saliera a vivir. Pensaban que los sueños cuando parecían vívidos eran porque el alma había dado un paseo nocturno.

Imagen: Jamie Street.

El segundo concepto es el tonalli, que se imagina como una materia luminosa que da calor al hombre. Algo parecido a la energía. Los mitos de origen contaban que las deidades poseían un gran calor, y parte de este es compartido al ser humano con el tonalli. En la Huasteca se extrajeron testimonios que explican que el ser humano tiene dentro una chispa que se ha derivado del sol, por ello puede dar calor. El maíz es el recurso que permite que esta chispa no se apague, mientras que la tristeza podría apagarla. En la Sierra Negra se cree que dentro del ser humano hay 12 de estas chispas. Los tlaxcaltecas también pensaban que eran varias, porque al extraer el corazón el cuerpo se mantenía caliente por un rato más. Los tzotziles piensan que entra más se envejece más brillo y calor se genera. Por ello es que los ancianos se ven con más admiración, de hecho los mexicas pensaban que quienes poseían un tonalli débil morían jóvenes. El tonalli también se relaciona con poder sobrenatural y el concepto de mal de ojo.

Pero el sol no es el único factor relevante en la comprensión del tonalli, el nombre que recibía el bebé era determinante para otorgar más tonalli y era la Luna quien lo depositaba en el vientre de la madre en la noche antes de dar a luz. Por ende, las fases lunares eran determinantes en los nacimientos. El tonalli era entendido como preciso para el futuro, por lo que también de él se derivan un montón de ritos. Como el de dar al recién nacido un baño en el que se le acercaba bastante al fuego, se le otorgaba un nombre y después se lavaba su cabeza.

Imagen: Wild Vibes.

El tercer concepto es el ihiyotl que se entiende como el aliento vital, imaginado como un gas luminoso que se creía los dioses otorgaron dentro del hombre y para que este no se pierda se refuerza con la respiración. En maya la palabra alma está conformada por el vocablo ik, que significa aliento. Por lo que se entiende que en distintas culturas de Mesoamérica el aliento estaba relacionado con el alma y significaba la capacidad de lenguaje, olor y sabor. De acuerdo con distintas culturas el ihiyotl se encuentra en el hígado, y se creía que el olor que desprendía un cuerpo por la descomposición era en realidad producto de el ihiyotl dejando el organismo.

Esta entidad residente en el ser humano debía ser llevada mediante los rituales a la sepultura. Y se movía como “aire”, se pensaba que en las noches de mucho viento alguna tragedia se había suscitado, si había un gran soplo era por un alma en pena. Este concepto de ihiyotl se ha extinguido entre la mayoría de los nahua contemporáneos; ello se atribuye a que es un concepto que no se alineaba con el pensamiento católico impuesto durante La Conquista.  La idea que surgió a partir de ello fue el de sombra. Entre nahuas y mixtecos se comenzó a pensar que cuando un muerto no puede alcanzar su destino final su sombra se aparecería frente a algún familiar.

Imagen: Kunj Parekh.

El último y cuarto concepto es el de nahualli que, de acuerdo con creencias prehispánicas, es una entidad compañera del ser humano. No se ha llegado a un consenso en su significado, hay varias fuentes que lo estudian desde distintas perspectivas y podríamos decir que es “hablar con imperio”, “esconderse”, “abrazar algo o alguien”, “vestimenta”, “sabiduría”, etc. Se ha rastreado el concepto y se determinó que su origen está en la Leyenda de los Soles en dónde se lee que Quetzalcóatl habla con su nahualli, funcionando como su consejero exclusivo. Aunque posteriormente el nahualli es capaz de hacer mandados e incluso funcionar como un arma para vencer enemigos. En Chiapas se cree que es un ángel que Dios manda para ayuda y compañía;  en Yucatán, que es un animal protector.

Esta entidad compañera del humano se supone que debe ser llamada mediante rituales. Los nahualli más relevantes son la serpiente y el colibrí de Huitzilopochtli, el águila de Tonatiuh y el “leñador nocturno” de Tezcatlipoca.

Los nahuales no solamente eran animales, también eran fenómenos meteorológicos, o monstruos (que podían tener apariencia humana). Se creía que el estatus en la jerarquía social era el determinante para la forma que tomaría este ayudante, entre más arriba en la pirámide este sería feroz e imponente; por otro lado, si se era de origen humilde, sólo sería un animal común como guajolote o perro. Y al morir su compañero los primeros se terminarían por transformar en nubes, piedras preciosas o aves hermosas; mientras que los segundos se volvían escarabajos o zorrillos.

Imagen: Nahuales en Códice Borgia.

En las comunidades tzeltales se pensaba que los líderes tenían por nahual fenómenos climáticos, siendo el rayo el más fuerte y respetado. Por ello es que se tiene la hipótesis de que en la época prehispánica el nahualli podía ayudar a la movilidad social. En el Códice Florentino se lee que el nahualli determina tu rol social, si tu contraparte es uno de los animales que presagian la muerte, se te consideraba causante de enfermedades. En la actualidad los pueblos indígenas relacionan el carácter con algún animal y sirven para explicar los comportamientos o la “suerte.”   

Tras los cuatro conceptos etéreos, terminemos con la parte física. Los huicholes y los totonacos pensaban que la creación de un cuerpo humano sólo podía ser producto de las incursiones sexuales, en náhuatl el sexo se refería como tlalticpacayotl (las cosas de la tierra), pero el sexo (por ser de la tierra) no generaba vida era necesario que los dioses actuaran para animar el cuerpo que se había gestado. Entre huicholes y totonacos, las diosas madre eran las únicas que podían vivificar.

Imagen: Graciela Iturbide.

En el caso de los mexicas, para referirse a su cuerpo le nombraban in tlalli in zoquitl, que significa la tierra y el barro. Los mixtecos, por su parte, llamasen a su físico coño ñuhu yu, que es una combinación de “carne”, “tierra” y “nosotros”. Y así encontramos varias palabras que relacionan el cuerpo con la tierra o sus derivados; ello se debe a los distintos mitos de origen, tal vez el más famoso es el del Popol Vuh que habla de la creación del hombre a partir del maíz. Hoy en día hay comunidades tzeltales que imaginan el cuerpo indígena hecho de maíz y frijol y en sus rezos piden por ambos, generando así un significado denotativo y connotativo en sus plegarias.

Referencia:

Roberto Martínez González, El nahualismo, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Instituto de Investigaciones Antropológicas, 2011, 650 p. (Serie Antropológica, 19).

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