Cultura

Cuentos indígenas: González Casanova

El sociólogo Casanova recopila cuentos indígenas donde los animales son protagonistas, forman parte de la tradición oral indígena y se pretende enseñar sin llegar a ser una fábula.

| Por: Gaby Méndez.
| Imagen de portada: Escultura del chapulin en Chapultepec, del Museo de Arte Moderno (Cerro de los chapulines)

Los filólogos Grimm y Max Mueller sostenían que los cuentos son reminiscencias míticas de una concepción cosmogónica protoaria interpretable bajo un esquema semántico específico; por su parte, el polígrafo Andrew Lang pensaba que el cuento popular es una expresión metafórica de ideas comunes en todas las razas, sí es cierto que cada cuento suele ser espontáneo e independiente, pero se considera que en su proceso de creación se esconde el espíritu humano universal.

El sociólogo mexicano Pablo González Casanova recopila algunos cuentos indígenas para compartirlos con nosotros, el escritor reconoce que hay una escasez de material en lengua indígena, sin embargo, con las fuentes correctas se ha podido determinar que, al menos en el folklore mexicano, los cuentos de animales son los más primitivos, su papel era primordial en la vida de los antiguos pobladores y por ello es que se les termina por considerar como importantes antepasados. En las historias se les antropomorfiza y diviniza. Entre las fuentes que se consultan está el libro “Die Nayarit Expedition” de 1912 escrito por Preuss, también se puede consultar “Cuentos en mexicano, de Milpa Alta, Distrito Federal” del Journal of American Folklore.

Fotografía: Syrius Eberle.

Empecemos con el cuento más breve que Casanova ha recogido, este proviene de San Francisco Mazapa municipio de Teotihuacan, a espaldas de la pirámide del Sol.

El tecolote y el gato se encontraron una noche, y el tecolote quería sacarle los ojos al gato, y el gato le rogó mucho al tecolote que no le sacase sino un ojo solamente, porque sacándole ambos, entonces lo haría desgraciado para siempre. Luego que le sacó el primero, le dijo el gato: “Si quieres sacarme el otro ojo, vamos a mi casa.”

Entonces le dijo el tecolote: “¿Cómo te llamas?”

Respondió el gato: “Yo me llamo Escarmiento.”

A la noche siguiente llegó el tecolote a la casa del gato y le gritó: “¡Escarmiento, Escarmiento! ¡Vengo por ti!”

Y contéstole el gato: ” ¡Pues tan escarmiento soy, que no salgo de aquí!”

Así se salvó el gato y ya no perdió su otro ojo.

Resulta un tanto parecido a las fábulas que se conocen, pero falta esa enseñanza que, como moraleja que sería, debiese expresarse explícitamente al culminar la historia. Por la extensión de estos cuentos es que resulta fácil que se mantengan en la tradición oral y a la vez su origen preciso parece estar distorsionado, inclusive hay cuentos mexicanos que cuentan con similitudes a los que se oyen por África o Europa, pero con detalles que resaltan la zona en que se cuenta la historia, ya sea con animales exclusivos del lugar como protagonistas o expresiones únicas de los que usan su voz para dar vida al cuento.

A continuación, tres cuentos indígenas:

Fotografía: Pavel Anoshin.

Chichihuehue huan coyotl / El perro viejo y el coyote

Éste era un perro viejo al cual ya no quería su dueño; ya no le daba de comer a aquel perro, ya apestaba y era viejo. El perro estaba triste, porque ya no le alimentaban. Un día se encontró con el Coyote, y este le preguntó:

—¿Por qué estás triste?

—No tengo que comer porque ya estoy viejo. Ahora ando por aquí vagando; mi amo ya no me quiere. 

Le dijo el coyote:

—Dame un pavo. Esta noche iré a buscarlo y tú saldrás a ladrarme y te lo abandonaré; y entonces verás que sí te darán de comer.

Y llegó la noche y el coyote fue a sacar un pavo y el perro viejo salió a ladrarle:

—¡Gua, gua, gua!

El perro le quitó el pavo al coyote y [entonces] salió su amo:

—¡Ay, mi perro viejo! ¡Ya le quitó el pavo al coyote! ¡Ay, mi perro viejo! ¡Ahora que le den de comer una tortilla gruesa! ¡Ay, mi perro viejo!

Escultura del chapulin en Chapultepec, del Museo de Arte Moderno (Cerro de los chapulines)

Tatapachichi / El saltamontes colorado

El saltamontes colorado estaba descansando en la sementera y el Saltamontes sordo cayó sobre él de un brinco, y dijo:

—¡Ay, muchacho, brincaste encima de mí!

Contestó:

—¡Ea! ¿Qué dices? ¿Ya eres viejo?

Y respondióle:

—Ya soy viejo.

—Si eres de veras viejo, di, ¿cuántas veces has visto la danza del bielgo y también el corretear de las chispas?

— Y tú, ¿cuántas veces lo has visto?

—Yo, siete veces, y tú acaso acabas de nacer y ya te dices viejo. Ya ves que te he ganado, nada puedes decir de lo que te pregunto.

Se despidió el saltamontes sordo, voló y se fue.

Fotografía: ehecatleloderm.

Cente couatl huan tlacatl / La culebra y el hombre

Una vez, una culebra cruzaba entre dos grandes troncos muy gruesos. Cuando iba pasando, se resbaló un tronco cayendo sobre ella. Apretóse y ya no pudo salir. Luego comenzó a retorcerse, pero era inútil; cada vez se apretaba más y ya se estaba ahogando. Y sucedió que un hombre, que habitaba no lejos del bosque, recordó que debía salir a cortar leña; y así lo hizo. Cogió su tepoznecochtli (hacha) y se fue a cortar leña. Cuando llegó al bosque e iba pasando por donde estaba la culebra, oyó ruido; se volvió, y vio a la culebra que estaba allí. La culebra lo llamó y le dijo:

—Buen hombre, ven acá, quítame este árbol que me está matando.

—No te lo quito porque me comerías.

L a culebra le contestó diciéndole:

—No te comeré; quítamelo.

— Ya te dije que no te lo quitaré.

—¡No te haré nada! ¡Cómo!, ¿no te compadeces? Ven, quítamelo; te lo ruego. 

Mucho le rogó la culebra, que luego el hombre se acercó y comenzó a cortar el árbol con su tepoznecochtli. Luego que apartó el árbol, salió la culebra y comenzó a lamerse los labios, quería comer. Ya tenía un día sin comer. Entonces le dijo:

—Buen hombre, me muero de hambre, ahora voy a comerte; tengo un día sin comer. ¿Qué dices a eso, buen hombre?

—¡Cómo! ¿Quieres comerme? ¿Cómo es posible? ¡Yo te quité el árbol que te estaba matando y ahora quieres comerme!

—Buen hombre, ¿no sabes que un bien con un mal se paga?

—No.

De nuevo respondió la culebra:

—Qué ¿no crees?, ¿no estás convencido?

—No estoy de acuerdo.

— Si no estás de acuerdo, trae cuatro personas y delante de ti les preguntaré y verás cómo es cierto que un bien con un mal se paga.

Fuese luego el buen hombre en busca de cuatro animales machos. No tuvo que andar muy lejos, cerca de ahí los encontró. Llevó un buey, un caballo, un león y un coyote. La culebra comenzó a preguntar a cada uno de los animales, delante del buen hombre.

—¿no es cierto que un bien con un mal se paga?

—Sí.

Cuando el buen hombre oyó lo que decían aquellos animales, que siempre un bien con un mal se paga, se asustó. Sólo faltaba preguntar al coyote si era o no cierto lo que decía la culebra.

—Buen coyote, ¿no es cierto que un bien con un mal se paga?

—Falta que vea yo cómo estabas y así podré decir si es o no cierto lo que dices, y si está bien que te comas a este buen hombre, o no. Ponte como estabas antes.

Entonces, la culebra se colocó otra vez entre los árboles, y luego le dijo el coyote:

—Ahora, ¡quédate! Nosotros ya nos vamos.

L a dejaron retorciéndose y chillando, como cuando la encontró el buen hombre.

El buen hombre le dio las gracias al buen coyotito.

—Ahora, buen coyotito, quiero regalarte algunos pollos.

—No déjalo; yo me voy por aquí.

—¡No, vamos!

—Mira, ahora ya es tarde; es mejor, si quieres regalármelos, que mañana temprano me los lleves sobre ese montículo; te esperaré muy de mañana ; cuando aún no sale el sol. Al dar las cinco ya estarás ahí. Así quedamos.

El buen coyote tomó por el llano y se fue; el buen hombre también cogió su camino. Cuando llegó a su casa le contó a su mujer lo que había ocurrido, a lo que la mujer respondió:

—Mañana no irás a ningún lado. No quiero que le lleves nada a ese maldito animal: ni un solo pollo. Ya se me ocurrió qué es lo que debes hacer.

—¿Qué? Dímelo.

—No seas tonto, ¿qué ha de ser? Deja los pollos y llévale esos perros que son de los más mordelones; pónlos dentro del saco de pita y en cuanto llegues a donde te espera, sin acercarte a él demasiado, desde lejos, se los sueltas.

— Lo que has discurrido, mujer, no está bien. ¿Cómo quieres que le lleve lo que no debo llevarle? Lo engañaría.

El hombre no quiso disgustar a su mujer e hizo lo que ordenaba. Al día siguiente, metió los perros en el costal de pita y salió muy temprano. Se cargó los perros en lugar de los pollos que había ofrecido el día anterior. El hombre deseaba que no estuviese ahí el coyote. Ya iba llegando el hombre, y estiraba el pescuezo para ver si ya estaba ahí el coyote. Lo descubrió desde muy lejos. El coyote, muy contento, iba y venía, esperando sus pollos. Llegó arriba del montículo donde ya lo esperaba el coyotito. Este comenzó a reír muy contento.

—Bueno coyotito —le dijo el hombre—, ya que vine a traerte los pollos. Ahora dime: ¿cómo quieres que los suelte? ¿Uno a uno, o todos juntos?

—Que no sea uno a uno; es mejor que sea juntos, para que yo me divierta cazándolos. 

El hombre empezó a soltar la boca del costal; mientras, el coyotito se había sentado a esperar que saliesen los pollos, imaginándose ya que los cazaba, sentía que los cogía. ¡Y he aquí que le fue soltando los perros! ¡De esos que arrastran las orejas! Y apenas los vio el coyote, ya estaban sobre él. Primero se asustó, y a la vez que se asustó, se revolvió furioso a reñir con los perros. Los perros le quebrantaron los huesos de las patas, mientras él los mordía por dondequiera, rompiéndoles las manos y desgarrándoles las orejas. Mutuamente se lastimaron. En cuanto el coyote comprendió que iban a ganarle, huyó bosque adentro. Se reposaba a trechos, volviéndose a ver hacia donde había dejado al hombre con sus perros, y contemplando las heridas que le habían causado, exclamó llorando:

—Gua, gua, gua, gua… ¡Con razón decía la culebra que un bien con un mal se paga!

Fotografía: Jorge Vélez.

Con estas historias podemos reconocer los relatos que forman parte de la herencia literaria de nuestras antiguas culturas, mas es importante identificar puntos clave de las dinámicas sociales que se manejan. Es cierto que deben ser valorados, pero también analizados para entender los roles y el paradigma, sobretodo hacer una reflexión de los conceptos que se manejaban y cómo permean en la cultura actual.

Pablo González Casanova, Cuentos indígenas, Miguel León-Portilla (prólogo), 4a. edición, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas , 2001, XXXIII+120 p. (Serie Cultura Náhuatl. Monografías, 7).


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