Historia

Catástrofes de México en el S.XIX: El viajero francés

El Dr. José Enrique Covarrubias analiza las vivencias de extranjeros dentro de México, mostrando un panorama viajero más amplio del país. Terremotos, el cólera y la altitud eran las advertencias que los autores daban a sus compatriotas que pretendían vivir en la ciudad.

| Por: Gaby Méndez
| Imagen de portada: Sergio Tapiro.

Una mirada externa siempre ofrece expandir los horizontes de autoconocimiento y análisis, y sin lugar a duda México es un país con un montón de perspectivas, internas y externas. Un vistazo a la literatura dejada por viajeros y residentes extranjeros que vivieron en este país durante el S.XIX, nos permitirá repensar el lugar que nos vio nacer. Por ello revisemos la investigación del Dr. José Enrique Covarrubias respecto a los riesgos percibidos por extranjeros tras su estadía en la tierra del maíz. 

Los británicos, al inicio del S.XIX, tuvieron un especial interés en el perfil económico del país; mientras que los alemanes se adentraron más en la biodiversidad y la variedad etnográfica de la población. Por su parte, los franceses analizaron más los riesgos de vivir en México. Estos inmigrantes vieron la zona como un lugar recurrente de fenómenos relacionados con el medio geográfico. Covarrubias ahonda más en el tema a partir de tres autores franceses.

Comencemos con Madame Callegari quien vivió en México durante 1854, sus vivencias en Estados Unidos y México fueron publicadas bajo la autoría de Alexandre Dumas. Madame Callegari se dedicó al comercio, en un principio en San Francisco, ahí vivió varios incendios que resultaron ser voluntarios, vio como el calor arrasaba con casas y comunidades enteras. Con el tiempo se entera que ello era una práctica común que servía para adquirir ventaja económica sobre otros. Callegari y su esposo terminan por perder su patrimonio a causa del fuego, por ello deciden volver a Europa y en su camino por mar hacia el viejo continente llegan a Acapulco.

Se trasladan a la capital y permanecen ahí por varios meses, pensando que el trauma del fuego se quedaba en San Francisco. Cuando una madrugada le despierta un grito de “¡Fuego!”. La cocina del hotel donde se hospedaban estaba en llamas, sin embargo, el fuego no se esparcía con tanta rapidez como en sus recuerdos, ello debido a los materiales de construcción que se ocupaban en México. Sin bombas para sacar el agua, los vecinos salían con cubetas que iban de mano en mano. En aquel entonces no existía el cuerpo de bomberos, debido a que los incendios eran particularmente raros. La mayor preocupación eran los saqueos y por ello el gobierno del general Antonio López de Santa Anna colgaba a todo ladrón que se hiciese presente. El pueblo trabajaba en conjunto en estas situaciones de apremio, pero poco ayudaban, al final el fuego se extinguía por sí solo al encontrarse con alguna pared.

Madame Callegari también vive la epidemia de cólera en el país, cuando esta detona ella se encontraba en San Agustín de las Cuevas, Tlalpan. Lugar reconocido por sus grandes fiestas anuales de apuestas, razón por la que había una gran cantidad de personas reunidas en aquel sitio. Callegari cuenta que se escuchaban gritos: “¡El cólera!”, que le estremecieron mil veces más que aquel del fuego. Esta vez pareciese que una bomba explotó, casi todos abandonaron los lugares de apuestas y el evento llegó a su fin cuando, al día siguiente, un jugador desfallece y muere al poco tiempo.

Con la epidemia, la francesa se percata de las grandes muestras de religiosidad que surgen en San Agustín, también resalta que médicos extranjeros y mexicanos atendieron por igual a connacionales y foráneos, sin distinciones de clases sociales y al menos en los sectores privilegiados y medios, se llevó a cabo una prevención para evitar más muertes. Posteriormente Madame Callegari se traslada a Veracruz y zarpa hacia Europa. Termina describiendo al México de la época como un país que al vivir una catástrofe se deja llevar por una gran incertidumbre que sólo se calma cuando se recurre a la Providencia o “amo”.

Imagen: José Guadalupe Posada.

El segundo autor es Mathieu de Fossey quien se asentó en México desde 1829 hasta 1856 escribiendo dos libros que abarcan la vida y catástrofes del país. Fossey había llegado al Istmo de Tehuantepec para establecer una colonia francesa, pero el plan fracasó. Termina por convertirse en catedrático de gramática e idioma en el Colegio Nacional de Guanajuato y posteriormente en director.

Aun con la idea de colonizar, Fossey escribe sobre las desventajas para el emigrante europeo. Concluye que el obstáculo para vivir en las zonas bajas y tropicales es la fiebre atáxica, porque no se cuentan con prevenciones sanitarias ni un remedio real. De hecho, en Coatzacoalcos se dio un brote que mató a 60 colonos franceses. Después tras establecerse en la Ciudad de México se da cuenta de que el clima es muy bueno, pero cuando la estación de lluvias comienza, las alcantarillas alcanzan su límite, causando inundaciones y pudrición. Más lo que llama la atención es la altitud, que obliga a los residentes a ejercitarse regularmente para alcanzar una transpiración idónea, por lo que los trabajos mentales prolongados originan dolencias a la larga. La vida sedentaria de Fossey en la capital le deja malestar digestivo y nervioso que le orilla a regresar por un tiempo a Francia.

Imagen: Sergio Tapiro.

Al volver vive un tiempo en Colima describiendolo como un lugar que proporciona mejor actividad mental, a pesar de su clima caluroso y de la atención especial que debe de ponerse en la conservación de los alimentos para evitar intoxicaciones. La actividad volcánica en este estado generaba sacudidas en la tierra y en 1818 se registra un temblor acompañado de erupción volcánica dejando la ciudad de Colima casi destruida. La lava se había derramado por las dos grandes avenidas, acabando con la flora y fauna de la zona. Su peregrinaje continúa y llega a Guadalajara, que le parece una ciudad ubicada a la altura perfecta y con buen clima.

Al llegar a Oaxaca, Fossey hace énfasis en la actividad telúrica. Como partidario de Cordier, observa que los temblores se dan en la temporada de lluvias y cesan a su término. El francés cuenta del temblor de 1802 que obligó a los habitantes a abandonar sus hogares durante 6 meses, ya que se suscitaban movimientos telúricos, de 10 a 12 por día. Aunque la magnitud no fue elevada muchos pobladores se trasladaron. Fossey asegura que en 6 meses de su estancia en Oaxaca, se dieron 17 terremotos de distintas magnitudes.  Durante los grandes movimientos telúricos la gente salía de sus casas con rosario en mano, algunos de rodillas y otros con andar incierto llegaban a la plaza.

Fossey describe el día 7 de abril de 1845  como aquel en que vivió el temblor más fuerte, se encontraba en la Ciudad de México. El sismo duró más de 3 minutos, generando el desplome de la cúpula en la iglesia de Santa Teresa. Mathieu de Fossey presenta a México como un país de transformación constante a causa de procesos violentos, es por ello que los habitantes sufren de impactos psicológicos, y a pesar de esta situación la diversidad geográfica de México le parece asombrosa.

Imagen: Pedro Gualdi.

Culminemos con Denis Jourdanet, médico graduado de la Universidad de París, quien realizó tres estancias en México entre 1842 y 1867 escribiendo sobre el nivel de salud y de patología en relación con la altitud en que se vive. Su investigación arroja que vivir a partir de los 2000 metros sobre el mar genera en los individuos un cansancio equiparable con el que los excursionistas que suben los Alpes sufren. La oxigenación de la sangre es menor culminando en un estado muscular y nervioso debilitado. Jourdanet encontró que regiones como Xalapa y Orizaba, es decir ubicaciones de 1300 metros de altitud aproximadamente, son perfectas para los emigrantes europeos y en general para todas las razas.

El médico reconoce que en aquella época hay un gran número de Europeos viviendo en la Ciudad de México y en Puebla, que dicen vivir de forma agradable. Jourdanet  hace hincapié en que las influencias negativas de el medio elevado no se muestran de forma obvia y que en realidad dejan como consecuencia fiebres periódicas, a pesar de la aclimatización individual. Como Madame Callegari relató, Jourdanet también vive la epidemia de cólera en México, esta es la siguiente contingencia sanitaria de gran escala tras el periodo conocido como “matlazáhuatl”, y en ambos la población indígena se vio reducida en cantidades impresionantes.

Denis Jourdanet termina por sostener que la altitud de México es perfecta para los enfermos de tuberculosis, debido a que estas condiciones dan un alivio significativo a las dolencias de estos pacientes. Pero en general no resulta en un buen lugar para la salud humana en el Siglo XIX.

Referencia

Historiar las catástrofes, edición digital en PDF, coordinación e introducción de María Dolores Lorenzo, Miguel Rodríguez y David Marcilhacy, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Centre de Recherces Interdisciplinaires sur les Mondes Ibériques Contemporains, Civilisations et Littératures d’Espagne et Amérique, 2019 (Historia General 38).