Arte

Burbujas del pueblo

La Compañía Nacional de Teatro publicó en su cuenta de Youtube la obra Enemigo del pueblo de Henrik Ibsen, dirigida por David Gaitán. La obra que se presenta estuvo en escena a finales del año pasado en el Centro Cultural del Bosque. Esperando que este texto los motive a verla, les comparto no una reseña, sino la impresión que me dejó cuando la vi.

| Por: Luis Mejía.
| Imagen de portada: INBA.

“Les han maquillado la violencia de belleza y ni se enteran. Peor, la disfrutan. Destazar a alguien no es tan malo si la sangre tiene el rojo perfecto. Soporto tu sufrimiento si Stravinsky lo acompaña. La perversión de la estética. El anonimato se ha vuelto privilegio del violento. ¿Entienden lo que digo?” Hace tiempo que quise compartir mi impresión sobre esta obra, pero como asistí a la última función, allá por noviembre del año pasado, me abstuve de hacerlo. Simplemente, no hallé sentido alguno en hablar de algo que ya no existía, de algo que nadie más podía ver. Ahora, cuando me entero que la Coordinación Nacional de Teatro puso a disposición la obra a través de sus redes sociales, me dio otra vez por escribir sobre ella. Lamentablemente, tratando de recordar aquella impresión, me encuentro sólo con retazos: el escenario donde ocurrió un diálogo que no recuerdo, los fragmentos de una postura sin rostro, una serie de discursos interrumpidos por lapsos breves de olvido; y en ese esfuerzo vano de mi memoria lo único comprensible que salta a la consciencia es la sensación que me dejó todo ello. Supongo que al final de cuentas esta sensación es lo único que vale la pena compartir. ¡Qué más dan los detalles! Muchas veces sólo entorpecen la idea que se quiere transmitir y, de acuerdo a las delimitaciones intransigentes del spoiler, es incluso preferible no hablar de más. 

Encontré la publicación de la obra como ahora encuentro muchas cosas: moviendo indiferentemente el dedo sobre la pantalla de mi celular. Al verla, lo primero que recordé fue el último discurso del Dr. Stockmann (interpretado por Luis Rábago). Y al decir discurso, me refiero a lo que sucedió en mi cabeza mientras él hablaba y se desvestía. Al comienzo de la obra, el público recibió unas pistolas de burbujas e instrucciones sobre qué hacer con ellas. En pocas palabras, cada vez que el público juzgara que el Dr. Stockmann acababa de hacer algo reprensible, debía mostrar su descontento disparando. Con evidente intención, la pistola emitía un sonido bastante maquinal cuando era activada. En aquel último discurso recuerdo ese sonido como si fuera un enjambre de abejas esperando afuera, tras las puertas del teatro.

De aquel discurso que cierra la obra sólo me quedó una nube de imágenes que poco o nada tenían que ver con su contenido, pero que, por alguna razón, perduraron en el tiempo y son la evidencia irrefutable de la lejana noche que fui a ver El enemigo del pueblo. Ahora y en aquel momento me vino a la cabeza la misma escena de la película Shutter island de Scorsese. No recuerdo el nombre de los personajes ni el sentido general de la conversación, pero un hombre y una mujer discutían a la luz de una fogata. Estaban en la gruta de un acantilado y la embestida de las olas se escuchaba apenas como un susurro. Ella le dijo, una vez que bajó el cuchillo con el que le había estado apuntando, que un hombre se vuelve loco hasta que se lo dicen, que la locura no existe si no hay nadie que la señale; cuando el rumor alcanza los oídos del pueblo, ya no hay vuelta atrás para el imputado, cualquier reacción es un síntoma de la enfermedad; fuera en verdad cuerdo o loco –cuál es la diferencia– la conclusión siempre será la misma: si lo niega, está resistiéndose a ser ayudado, como un alcohólico que no ve problema alguno en la bebida; si concuerda, listo, ha aceptado sus circunstancias, ha admitido el trastorno que le achacan.

Después de esta escena cinematográfica, mientras acrecentaba el sonido que producían las pistolas de burbujas en el teatro, recordé las primeras páginas de El proceso de Kafka y esa frase lapidaria que recorre el libro de principio a fin: “Alguien debía haber hablado mal de Josef K., puesto que, sin que hubiera hecho nada malo, una mañana lo arrestaron”. Fuera cierta o no su culpa, el hombre estaba condenado a padecerla desde el momento en que lo incriminaron. Y si la padece, o sea, la sufre, la desdeña, la refuta y busca franquearla como si se tratara de una zanja a mitad del camino, ¿no se vuelve acaso, en ese instante, real? ¿No le da él mismo veracidad a través de sus acciones? Al guiar sus pasos y acaparar sus noches, ¿no adquiere el mismo peso que una bola de plomo encadenada a los tobillos? A pesar de estar presente en las trescientas y tantas páginas del libro, la vida personal de Josef K. siempre se presenta turbia, pero su imagen nunca deja de ser clara en el reflejo de la mirada ajena.

Al final de esta sucesión de impresiones que fue agolpándose en mi cabeza, ya sólo como un fragmento de pavesa que se apaga lentamente sobre un cúmulo de ceniza, escuché el chasquido de un látigo atravesando de par en par no sólo el escenario y las distintas salas del teatro, sino el mundo entero. Al menos, así lo sentí. En un tris, aparecieron frente a mí, tronando por encima del entablado que se había llenado de personajes, las palabras Bondad y Maldad. El escenario había quedado cubierto de burbujas y el Dr. Stockmann, en paños menores, cual un loco gritándole al mar encrespado y turbulento por esta suerte que le tocó vivir, increpaba al público mientras caminaba de espaldas hacia el fondo. Las luces comenzaron a apagarse y parecía que el cielo sólo esperaba la última palabra proferida para abatirse sobre todos, como aquel monte que Zeus derrumbó sobre Prometeo.

Enseguida, todo fue oscuridad y después de un breve silencio, el público prorrumpió en aplausos. Encendieron las luces, salí del teatro y caminé sobre la calle del Campo Marte. Me fui pensando en esas palabras que vi en lo alto del escenario. Incluso llegué a pensar que en realidad habían formado parte del decorado y no eran un producto de mi imaginación. Pero aún tenía la ligera sospecha de conocer su procedencia, pues con ellas arribaron otros recuerdos que no dejaban de entonar, como aquel imperecedero Fair is foul and foul is fair o como una estrofa del antiguo coro trágico, lo que era Justo e Injusto, el Bien y el Mal, la Virtud y el Vicio, lo Moral e Inmoral. La dicotomía humana, la interpretación histórica del universo, se concentraban en esas palabras que no lograba recordar exactamente dónde las había leído o visto.

No fue hasta que llegué a mi casa que pude recordarlo. La respuesta estaba en el látigo que escuché tras de ellas. Inmediatamente, busqué en mi escritorio el libro Vida y destino de Grossman y lo abrí en la única página que marqué. Estaba casi a la mitad, era el capítulo 16 de la segunda parte. Se trataba de la transcripción de una carta que dejó un hombre en su celda la noche antes de morir. ¿El contexto? En realidad, puede ser cualquiera. “Y existían también el bien de los ricos y el bien de los pobres. Y el bien de los amarillos, los negros, los blancos. Y esa fragmentación continua dio lugar al bien circunscrito a una secta, una raza, una clase; todos los que se encontraban más allá de tan estrecho círculo quedaban excluidos. Y los hombres tomaron conciencia de que se había vertido mucha sangre a causa de ese bien pequeño, malo, en nombre de la lucha que ese bien libraba contra todo lo que consideraba como mal. Y a veces el concepto mismo de ese bien se convertía en un látigo, en un mal más grande que el propio mal”.

En general, esta fue la impresión que me sobrevivió, aquella sensación que perduró en mi memoria después del último discurso de El enemigo del pueblo.

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