Cultura

A donde vayan: morir entre los prehispánicos

La comunidad prehispánica debía encaminar a los difuntos a su morada infinita: el Mictlán, Tlalocan, Tonatiuh ichan o Cincalco. Conoce el origen del Día de Muertos.

| Por: Gaby Méndez
| Fotografía de portada: Jeremy Lwanga

La palabra “recordar” tiene una etimología muy interesante. Proviene del latín recordari,  re significa “de nuevo” y cordis “corazón”. Recordar es traer algo de nuevo al corazón. Reunirte con la gente que aprecias y hablar de las experiencias que se han vivido, el algo que disfrutamos todos, no sólo porque la charla sea del todo feliz, podemos tener recuerdos malos que queramos olvidar, pero la remembranza al final envuelve sentimientos. Y el humano añora sentir, por eso se arriesga, por eso saborea, por eso hace arte, por eso es. Se escucha decir a la gente:  “recordar es volver a vivir” , pero parece que en realidad es volver a sentir. Es que algo llene tu corazón una vez más. Pero no solamente son las experiencias, hay personas que se atan a nuestra esencia. Disfrutamos estando con ellas y les extrañamos cuando se van, y es en su ausencia que les vemos con el corazón.

Imagen: Dia de los Muertos (Two Husbands) by Lorelay Bové

En el México prehispánico el culto a los muertos era parte intrínseca de la cultura, aquella sociedad reconocía a los fallecidos como parte importante de la comunidad. Los muertos eran celebrados en distintas fechas y se llevaban a cabo rituales para reconocer su participación activa en la sociedad. Cuando el ser humano no contaba con todas las herramientas tecnológicas para entender cómo funcionaba el ser humano, se fueron creando expresiones culturales que unían a la comunidad y surgieron creencias que explicaban los fenómenos. ¿Por qué siento esto? ¿Qué es esto dentro de mí, que me hace ser yo? ¿Cuando muera, que pasará? Las interrogantes encontraron respuestas en conceptos abstractos que, aunque pareciese contradictorio, eran perfectamente comprensibles. Las personas entendían con sus recursos lo que era el alma, reconocían lo que eran los sentimientos y asimilaban la muerte.

Los antiguos pobladores entendían que aquellos que morían habían sido acogidos por los dioses para estar eternamente en alguno de los puntos cardinales, y pensaban que su deber era el encaminar aquella alma que dejó su cuerpo atrás. El concepto de espacio-tiempo no importaba, ellos estaban en todo lugar y a toda hora, y aún así existían en alguna de las eternas moradas.  Se creía en cuatro lugares a donde irían los vivos al morir: Mictlan o “lugar de los muertos”, Tlalocan o “lugar de Tláloc”, Tonatiuh ichan “la casa del sol” y Cincalco “la casa del maíz”.

Imagen: Tlalocan en Tepantitla

En el Mictlan llegaban aquellas personas escogidas por Mictlantecuhtli: quienes morían de alguna enfermedad o por la vejez. Hombres y mujeres se dirigían al inframundo con objetos que sus seres queridos, aún vivos, mandaban a través de la quema de ropa u objetos de gran valor. Los vivos les hacían este ritual para que no tuvieran frío en su trayecto y al encontrar a Mictlantecuhtli pudieran dar una ofrenda digna.

En el Tlalocan llegaban los que morían a causa de un rayo, los ahogados o quienes tenían alguna enfermedad en la piel. El Tlalocan es un lugar donde la pena no existe, como un paraíso lleno de frutos y un verano infinito. Aquí están los que son amados por los dioses, tanto que quieren verlos siempre entre la bella hierba verde. Cuando se encontraba un cuerpo sin vida a causa de las razones anteriores, solamente los sacerdotes podían  mover los queridos cadáveres, pues ningún otro era digno de tocarle.

Imagen: Hummingbird by Chris Charles

La Casa del Sol es el cenit, es donde el sol brilla tanto que toda sombra ha desaparecido, los que llegaban ahí eran quienes murieron en batalla, los sacrificados y las mujeres fallecidas en el parto. Cuando un guerrero obtenía un orificio en su escudo, podía ver la Casa del Sol a través de él, quienes no tenían el daño suficiente no podrían tener ese privilegio. Después de estar por cuatro años en este llano, donde había toda clase de árboles, se convertían en hermosas aves (colibríes, mariposas, pájaros sagrados) y bajaban a la tierra a cuidar a las flores y hacer que estas florecieran hermosas.

Al Cincalco llegaban los niños que fallecieron, vivían con Tonacatecutli en forma de avecitas pequeñas de colores rodeados de árboles, flores y frutos. También los suicidas disfrutaban de Cincalco.

Imagen: Día de muertos by Jimmy Martínez

Cuando alguien moría las ancianas lloraban e informaban con tristeza a la comunidad. Se solía cortar un mechón de pelo de lo más alto de la cabeza, ya que ahí se encontraba las memorias del alma y después se juntaba en una urna con las cenizas. Así es como se agradece a los dioses el haber otorgado un cuerpo y un alma. Se hacía una estatua de “astillas de tea” para representar al difunto y se le traía de comer todo tipo de manjares, guisados y jícaras de cacao.

Se creía que la existencia no se detenía, porque llegarían a una nueva morada; por ello su despedida consistía en ofrecer elementos que les ayudarían en su viaje. Estas ceremonias se conocían como quitonaltia, que significa “denle buena ventura”. Cuando el fallecido era un rey incluso se mataban esclavos para que le acompañasen, también se acostumbraba el sacrificar animales que pudieran ser de utilidad. El perro es uno de ellos, ya que pensaban que para cruzar el río en el Mictlán, ellos podrían llevarlos en su lomo.

Foto: Colorful skulls by Jeremy Lwanga

El duelo con los indígenas tenía que ser exteriorizado y a base de acciones, no tenían placer alguno por cuatro meses y llevaban constantes ofrendas a los dioses. Cada año durante los cuatro años próximos al fallecimiento de algún ser querido, se le debía recordar en alguna de las fiestas que se  realizaban para conmemorar a los difuntos. La fecha del festejo variaba dependiendo del lugar al que se dirigía el fallecido. Los que habitaban en el Mictlán eran festejados en el mes Titil. Los que moraban en el Tlalocan se recordaban en la fiesta de los montes Tepeilhuitl. Si  era un guerrero, se dirigiría a La Casa del Sol por lo que debía ser recordado en las festividades del solsticio de verano, que solían durar dos meses, empezaba en el octavo mes Miccailhuitontli y terminaba en el mes Huey Miccailhuitl. En el octavo mes también se recordaban a los niños del Cincalco.

Estas últimas dos celebraciones se transformaron con la hibridación cultural, con la religión católica y demás sincretismos para que hoy se festeje el Día de Muertos que conocemos, una tradición que busca celebrar a aquellos que ya no están con nosotros y que en vida nos dieron tanto que recordar con cariño. El Día de Muertos se remonta a los días prehispánicos y nos ha dejado tocar el papel picado con diseños de Guadalupe Posada, oler las flores de cempasúchil, saborear el pan de muerto y vivir el desfile monumental. Recordemos con alegría.

Imagen: El jarabe de ultratumba, Guadalupe Posada

Fuente:

Johansson, P. Días de muertos en el mundo náhuatl Prehispánico. Estudios de Cultura Náhuatl (Vol. 34.) UNAM 2003

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